El fracaso del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena)

 No le alcanzaron los votos para ganar a Andrés Manuel López Obrador (AMLO). ¿Es culpa de la autoridad electoral, del tribunal electoral, de la corrupción de los que no votan por él y venden su voto, de la maquinación de un complot de los “30 de arriba” que manejan como títeres a los políticos adversarios y los medios de comunicación? ¿Le robaron, le quitaron votos y se los apuntaron a otro? No. La culpa es de su propio movimiento, el de “Regeneración Nacional” o Morena. Durante seis años López Obrador recorrió el país a lo largo y ancho de sus dos millones de kilómetros cuadrados para fundar en cada comunidad o microrregión, un comité que le permitiera contar con redes ciudadanas que difundieran la información y se les diera la formación política conveniente para apuntalar su candidatura hacia la próxima elección, la que acaba de pasar. Lo más importante: se trataba de un movimiento para construir una candidatura ganadora. Si la derrota era imputable a un fraude y su error había sido no contar con la cantidad de representantes en todas las casillas, la clave del triunfo estaba en asegurar la representación en la totalidad.

Tras su derrota en 2006, el gérmen de Morena se halla en la declaración de AMLO a los líderes parlamentarios de la coalición partidaria de la que fue candidato, en la que dijo: “el movimiento soy yo”. A diferencia de los partidos políticos tradicionales, Morena fue creado como un movimiento de lealtad a su fundador, de culto a su persona y de la cual dependía la realización de un proyecto político (imposible de lograr sin él). Se trataba de hacer una base social netamente lopezobradorista, en la que no hubiera, por lo tanto, otro personaje, líder o santo que disputara su autoridad política y moral, alguien con quien tuviera que compartir o negociar las decisiones. Se trataba de hacer, según el propio López Obrador, una campaña a ras del suelo, para contrarrestar así, la desinformación de las televisoras y la prensa corrupta en su contra.

A base de empeño, laboriosidad y, sobre todo, terquedad, el líder de la honestidad valiente fundó miles de comités de su movimiento. Morena se constituyó como una estructura vertical, con un hilo de conducción descendente, y centralizada en la persona del líder, incluida la cuenta bancara del movimiento, de la cual nunca hubo necesidad de rendir cuentas o hacer transparente, porque se puede dudar de lo que sea, menos de la honestidad de quien ha dado alma, vida y corazón por El Pueblo. Ninguna decisión o falta de decisión de su parte puede ser cuestionable, puesto que ninguna de ellas motiva la ambición personal, el poder por el poder, sino la de realizar un proyecto alternativo de nación.

La idea fue muy buena. Esta base social le permitió garantizar el apoyo incondicional de dos partidos que dependían de este movimiento para mantener su registro, con los cuales no dependía del Partido de la Revolución Democrática (PRD) para la postulación de su candidatura. La militancia incondicional de Morena a su persona le permitió doblegar a Marcelo Ebrard como contendiente en la disputa por la candidatura de “las izquierdas” (la fiel a AMLO y las otras). La candidatura de El Apóstol de El Cambio Verdadero era ya un hecho con o sin PRD. Nunca ha sido ambicioso ni ha querido el poder por el poder, pero hubiera preferido que “las izquierdas” se fracturaran en dos antes que ceder a favor de un posible candidato con mayor aceptación entre la población abierta, la no simpatizante de sus partidos. ¿Para qué querría él apoyar a un candidato competitivo que no fuera él mismo, si con los votos que le pudiera dar su movimiento le bastaría para ganar? Para nada. La prudencia de Ebrard, el cálculo a largo plazo, aun sabiendo que tenía buena oportunidad de ganar la presidencia, lo tuvo que haber motivado a mantener la unidad: si ganaban o perdían, en cualquiera de los dos escenarios, el próximo candidato tendría que ser él. Si se dividían, los dos perdían y su carrera difícilmente volvería a tener una oportunidad de competir con oportunidad de ganar.

Según mi observación, Morena cumplía más o menos con las funciones sociales que tuvieron las parroquias en otro tiempo, dando espacios para reunión o acompañamiento, retroalimentación de opiniones en el mismo sentido y pasatiempo para jubilados y demás adultos en plenitud que acuden a las charlas a pasar la tarde. AMLO constituyó así un movimiento carente de propuesta, sumiso, chato de creatividad en ideas y organización, en el que fuera imposible que le crecieran los enanos y dedicado a repetir las pocas y sencillas ideas en torno a las cuales el líder los congregó: 1. Hay una Mafia del Poder que es la causante de la pobreza y desgracias de El Pueblo Bueno. 2. Los medios de comunicación, puesto que sirven a esa mafia, mienten, manipulan y ocultan la información verdadera. Todos nos mienten: gobierno, partidos y medios, los corruptos vendidos y los manipulados. 3. Sólo la información avalada por el líder debe gozar de credibilidad. 4. Sólo el líder, por su superioridad moral, puede lograr El Cambio Verdadero que es el del régimen de corrupción y privilegios, por uno en el que el gobierno nos dé lo que merecemos en forma de programas sociales.

Sin embargo, a pocas semanas de la elección, un movimiento emergente, el de los “132” hizo evidente la arterioesclerosis de Morena. Se quedaron con el lugar protagónico de un día para otro convirtiéndose en la vanguardia del lopezobradorismo y con el tino estratégico de simular apartidismo. Con formas renovadas, una base de simpatizantes ajena a las clientelas tradicionales del pejismo y un discurso que apelaba mañosamente a la “democratización de los medios” (suena bien), del antipriismo como idea articuladora para convocar a indecisos y a quienes no han querido el regreso de ese partido al poder, los “132” ganaron la atención y aceptación que nunca tuvieron los morenistas ante la gran mayoría de los líderes de opinión, la prensa internacional y una franja progresista del electorado más o menos apartidario. El movimiento fue visto como algo muy cool, fresco, un Grecian 2000 en las canas de AMLO. ¿Pero quién recuerda a Morena? ¿Dónde quedó?

Según AMLO, Morena cuenta o contaba con cinco millones de afiliados a sus 2,267 comités municipales, la oenegé, asociación civil, más grande del país. Su solicitud a cada uno de ellos fue que convenciera y llevara a votar a cinco ciudadanos. Esto habría implicado 30 millones de votos a su favor, suficientes para haber ganado la elección con todo y cualquier compra de voto y prácticas deshonestas de los adversarios. Suponiendo que el PRI compró el 100 por ciento de sus votos, esto le alcanzó para los 19 millones 226 mil 896 que obtuvo. López Obrador no llegó ni a 16 millones. Morena sólo le pudo dar, según el supuesto, dos convencidos por cada militante y no los cinco. Con que hubieran llevado a tres habrían ganado (con 20 millones de votos). Ese “tres” parece que es de los que se quedó en su casa viendo la televisión como buen abstencionista y que Morena no fue capaz de levantar de su sillón.

El conteo público de los votos, de más de la mitad de las casillas, confirma que nadie le robo uno solo, que cada boleta a su favor está contada para él. Si los otros partidos ganaron sus votos comprándolos, es otra cosa. El conteo está bien hecho. El IFE no operó ningún fraude. Es una institución sumamente transparente en sus procesos, en los que participan representantes de los partidos en todos los niveles: desde el consejo general hasta las casillas pasando por los consejos distritales. Lo que se sabe es de operaciones de intento de compra de voto. Lo que no se puede saber es cuántos realmente lo vendieron. El propio AMLO exhortó a los ciudadanos a aceptar lo que les ofrecieran y reservarse su decisión para ejercerla con libertad en el momento de tachar su boleta.

Morena le quedó a deber a su líder: ni fueron todos a representarlo a las casillas a cuidar la elección, ni llevaron su cuota de convencidos a votar y, tal vez, ni siquiera fueron a votar todos. Que le reclame a ellos su derrota, no a los que votaron por otra opción, cualquiera que haya sido la causa o motivo para ello. “Sólo el pueblo puede salvar al pueblo”. Pues el pueblo no pudo o no quiso ser salvado. “Sólo el pueblo organizado”. Pues bien, fue organizado como Morena y tampoco. El Pueblo, al menos, en su mayoría, no quiso hallar en AMLO a su salvador.

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