Fidel y Benedicto: dos buenos monarcas

Conservar el poder es un objetivo tan preciado para quien gobierna, que bien vale la pena claudicar parcialmente en la preservación de los principios ideológicos y actuar incongruentemente con ellos. La mejor manera de conservar el poder es mantener la gobernabilidad, es decir, respondiendo positivamente a la mayoría o a las más importantes demandas de los gobernados. (Valga el abuso en la reiteración a las derivaciones de la palabra gobernar, en áras de ganar claridad y precisión).

Así, el socialismo cubano ha venido mutando a una monarquía de la casa real Castro. La claudicación parcial de los principios revolucionarios ha sido el costo pagado para la perpetuación del poder de Fidel y heredarlo a su hermano Raúl. Ateo, como debe ser un buen marxista (para realmente serlo), el líder de la Revolución recibe como jefe de Estado a su adversario ideológico (el jefe de una ideología burguesa-alienante), vuelto ahora un semialiado político, compañeros de viaje autoritario.

Toda visita oficial de jefe de Estado debe tener por finalidad, la de concretar un intercambio de recursos por la que se obtenga una ganancia, una utilidad. Sólo un líder torpe o ingenuo vuelve de una reunión de este tipo sin obtener algo positivo o habiendo perdido algo. Este no es el caso de Fidel Castro ni el de Benedicto XVI, par de viejos colmilludos: ambos suman apoyo (en el sentido en que decía Jesús Reyes Heroles: “lo que resiste, también apoya”). Se trata de la perpetuación de sus reinados, la ampliación de sus clientelas, la estabilidad de sus gobiernos.

En 1990 se fundó Cáritas Cuba, luego de la caída del Muro de Berlín y se anunció la visita de Juan Pablo II. Antes de su llegada se crearon tres diócesis y durante ella, en 1998, otra más. Sin la Unión Soviética, la crisis económica cubana topó fondo. Fue entonces que el papa polaco, el camarada de Lech Walesa, apareció más como un aliado que como enemigo y autor intelectual del homicidio al socialismo real: la incipiente sociedad civil cubana —aquella que efectivamente distinta a las formas asociativas que forman parte de las corporaciones del Estado y que realizan actividades complementarias o supletorias para el servicio público—, es básicamente la que está organizada en la estructura de la Iglesia católica cubana.

“¿Cuántas divisiones tiene el papa?”, preguntaba Stalin. En Cuba tiene once, once diócesis, Los activos católicos son al menos de 200 mil laicos comprometidos, sumamente numerosos si consideramos que se trata de una población de cerca de 11 millones en toda la isla. En todas las diócesis hay actualmente un centro de Cáritas, que cuentan con un staff de 50 empleados y trabajan con ella 12 mil voluntarios.

Cáritas es el brazo filantrópico de la Iglesia en forma de oenegé, una multinacional que financia obras humanitarias para el combate a la pobreza y la promoción del desarrollo comunitario. Por medio de ella, con sus donantes correspondientes a las iglesias de países europeos, especialmente de Suiza, así como de Catholic Relief Services, su homóloga en Estados Unidos, desde 1993 se transfieren cuantiosos y valiosos recursos materiales y financieros, ayuda humanitaria en materia de salud, suministros médicos, alimentos y ropa para su distribución en hospitales, hogares para ancianos y niños en situación vulnerable. Aunque oficialmente no hay pobres en Cuba, es un hecho que los hay, y al respecto la Iglesia católica constituye una ayuda importante para atender a esa población. A la muerte de Juan Pablo II en 2005, Fidel Castro decretó tres días de duelo nacional.

Lo importante para el régimen, para la casa Real Castro, es que esta sociedad civil organizada en torno a la Iglesia, no lo desafía. Aspira y promueve reformas, pero no alienta una transformación radical. No es aliada al gobierno de Estados Unidos ni al lobby de exiliados en Florida. Es, más bien, opositora al cerco comercial que perdura. En los hechos, la Iglesia no tiene problema con la forma de gobierno en tanto no atente contra el culto y algunos valores que se han vuelto signos de su identidad. Y en los hechos, la monarquía cubana está dispuesta a conceder reformas en favor de liberalizar la economía y ampliar la libertad religiosa mientras pueda mantener conculcados los derechos políticos.

Benedicto, por su parte, tuvo una vida paralela a la de Raúl Castro, al margen, a la sombra del líder. Férreo antimarxista, Ratzinger acaba de vivir su pequeño sueño wojtylano: tumbar solito su propio cachito de Muro de Berlín, uno pequeñito, pero suyo de él, que no alcanzó a derribar su predecesor, con todo y la restauración del culto, con su profesión de manera pública y consentida por un gobierno que amenazó su celebración y su existencia misma, así como de los fieles en tanto comunidad.

 

Véase:

http://www.crsespanol.org/donde-servimos/america-latina-y-el-caribe/cuba

http://www.crsespanol.org/donde-servimos/region/america-latina-y-el-caribe/cuba/el-papa-en-cuba-la-iglesia-celebra-a-la-tercera-edad-poblacion-marginada

http://www.caritas.org/activities/economic_justice/CaritasCubaHelpsElderly.html

http://www.caritas.org/activities/economic_justice/PeopleWithSpecialNeedsCaritasCuba.html

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