¿Democratizar los medios? No soy “132”

La democracia implica tanto la libertad de prensa como el debate público como dos de sus condiciones para existir, para poder ser considerada como tal.

La libertad de prensa implica que los medios tienen el derecho a no tener que ser “democráticos”, a tener su particular línea editorial y que ésta pueda tener una tendencia favorable a un partido o a una candidatura afín a ella.

La democracia supone una pluralidad de medios con distintas líneas editoriales y de diversas opiniones al seno de ellos por las cuales se realiza el debate público. La imparcialidad es incompatible con la pluralidad. Es una contradicción.

Democracia es el espacio para la libre participación partidaria —sean individuos, asociaciones empresas u organizaciones no lucrativas—, no el de la imparcialidad de los participantes.

Cualquier medio privado tiene el derecho a pronunciar una preferencia por alguna candidatura en concordancia o congruencia con su línea editorial, o a que la mayoría de las opiniones que publique sea favorable o desfavorable a una a otra preferencia electoral.

Que medios como las televisoras usufructúan una concesión por la cual son de interés público, no implica que deban perder su derecho a ejercer su libertad de prensa ni a imponerles una línea editorial al gusto del gobierno o de cualquier grupo que así lo solicite.

¿Qué es un medio “democrático” o según quién, si la democracia es un procedimiento para elegir a quienes nos representan para tomar las decisiones de interés colectivo? ¿Un estilo de vida llevado a lo periodístico?

Como estilo de vida, ser democrático implica la posibilidad de ejercer el derecho a ser partidario y el deber a respetar y cumplir con las reglas. Hace más daño a una democracia quien descalifica a las autoridades acusándolas sin pruebas de tener los dados cargados, que los medios con una línea editorial favorable a un candidato.

Demandar medios objetivos e información que no esté “sesgada” implica dos posibilidades: una, confundir la democracia con un reino de ángeles; otra, que la objetividad sea a la medida y gusto de la subjetividad del demandante. (Es de lo más antidemocrático exigirle a cualquier medio una supuesta democratización a la medida y gusto del que exige).

La objetividad y la imparcialidad no existen ni en la teoría por descartar que sea posible en la realidad. Lo que existe es la moderación y el profesionalismo. La mentira en los medios o la información falsa, por supuesto, es inaceptable. Le corresponde sancionarlo, en primer lugar, a los consumidores y, en segundo lugar, a las autoridades, cuando no es la propia empresa la que toma la decisión de hacerlo a petición de los agraviados.

Suponer la manipulación de las televisoras y medios impresos a las audiencias es menospreciar la inteligencia de las teleaudiencias y los lectores —su capacidad de juicio y análisis—, y de sus valores morales.

“Yo Soy 132” pide lo que no da: exige transparencia a algunos medios, pero no es transparente para darnos a conocer quiénes y cómo decidieron las demandas del pliego petitorio de un movimiento que supuestamente no tiene líderes.

Exige democratización a algunos medios de su antipatía, pero, a diferencia de movimientos estudiantiles del pasado como los del CEU y el CGH, sus peticiones no provienen de la consulta en un proceso abierto a la participación de quienes lo integran ni a los resolutivos de una asamblea en el que se hayan puesto a votación.

Es un movimiento que surge como respuesta al agravio del presidente de un partido y acaba por demandar programas de televisión en los medios públicos para los estudiantes de las escuelas de comunicación, que surge como protesta contra violaciones a derechos humanos y en franca animadversión contra un candidato, pero que en su pliego petitorio dice no expresar rechazo a ningún candidato. El movimiento nos dice que las televisoras mienten, pero éste nos miente en su pliego petitorio.

Es un movimiento que pide objetividad a los medios de comunicación, pero las marchas, como a las que convocó, también son un medio de comunicación, el menos objetivo y con información más sesgada de todos. (La marcha es la tele de los que dicen que no ven la tele, un medio masivo en el que confirman que tienen razón en lo que creen). Una manifestación de descalificación a las teleaudiencias que están conformes con los contenidos y la información de la televisora que nos les simpatiza a los 132. Esas teleaudiencias tienen derecho a seguir consumiendo esos contenidos y esa información; y también tienen el derecho y la posibilidad de dejar de hacerlo en el momento en que lo decidan.

“Democratizar” los medios, como su obligatorio apego a una equis objetividad o imparcialidad,  sería el aplanamiento de su diversidad, la homologación de contenidos y opiniones, la subordinación de éstos a un ente que determine qué es y no es parcial o subjetivo.

“Democratizar” los medios es la forma más sutil de una exigencia de censura, el intento de imponer una línea editorial a la medida y gusto del que exige. Es la forma más plausible de la intolerancia.

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Foto: Notimex

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