Faltan diputados. Democracia y representación descriptiva

El quid de la democracia moderna es la representación. Es, en primer lugar, el fundamento y la razón de ser de los partidos políticos y los parlamentos. En segundo, es causa necesaria y suficiente de las instituciones electorales. Sin embargo, si revisamos el funcionamiento de nuestro sistema electoral, encontramos que se encuentra diseñado para hacer buenos procesos electorales, pero no para mejorar la representación.

No es difícil hallar literatura según la cual el descontento o la desafección de una parte de los ciudadanos respecto a las instituciones partidarias, parlamentarias y electorales, así como por las burocracias, se debe en buena medida a que no hay una efectiva representación de sus intereses o demandas en ellas y en los políticos profesionales. La abstención, anular el voto o la intención de votar por la opción menos mala, necesariamente guarda alguna relación con una representación que difícilmente trasciende de lo legal a la identificación con el ciudadano.

Aun sin tener claro si las democracias en que los ciudadanos se sienten más y mejor representados son más eficaces que aquellas en las que menos, puede suponerse que una  representación descriptiva, es decir, en que haya semejanza entre representante y representado, tiene muchas posibilidades de favorecer la legitimidad. El supuesto es que tanto más tengan ambos en común, mayor compromiso habrá para cumplir con sus promesas u oferta electoral por parte del primero, y más aumentará el interés en participar y dar seguimiento al trabajo parlamentario por parte del segundo.
La representatividad podría mejorarse conforme a propuestas descabelladas (pero tal vez plausibles):

Empobrecer a los legisladores

La relación entre representante y representado está radicalmente mediada por la condición y percepción de igualdad, inferioridad o superioridad entre uno y otro. Ser diputado o senador, de cualquier signo partidario, hace a cada supuesto representante miembro de una élite, no tanto por su capacidad de participar en la toma de decisiones como por su salario y privilegios. Ganar diez o veinte veces más que la mayoría de sus supuestos representados y las prestaciones conocidas, le colocan en una posición en la que no tiene nada en común con ellos. En democracias avanzadas, de sociedades equitativas, sería absurdo pensar que un legislador tuviese ingresos cinco veces mayores que los miembros de la sociedad menos favorecidos.

Para representar a los intereses de la mayoría es más importante la depauperación de los congresistas que la pulcritud del proceso electoral. La depauperación de la clase política debería de ser una meta tan alta y prioritaria para el desarrollo del país como el pleno empleo, la seguridad social universal, la cobertura total de la demanda educativa obligatoria y la estabilidad de las variables macroeconómicas. Las filiaciones políticas no valen de nada si no se tiene en común la condición de clase. Por eso tampoco los líderes sindicales no representan a sus agremiados ni los jerarcas religiosos al pueblo de dios. Con el fin de mejorar la representación socioeconómica, ningún congresista debería obtener ingresos superiores al promedio del PIB per cápita.

Quitar el fuero

Solo me siento representado por alguien que tenga una capacidad de consumo o ahorro similar a la mía o inferior. Por eso una desigualdad en ingresos de 10, 20 o 30 veces del representante sobre sus representados hace irrelevante compartir ideología. Peor si hay fuero de por medio y otros privilegios. El concepto de república, con fundamento en una voluntad general, implica la igualdad de todos. Es el colmo que los integrantes de los poderes republicanos instituyan la desigualdad para el cumplimiento de sus funciones con todo y ese atavismo decimonónico que es el del fuero como permiso de impunidad, violatorio del derecho a la igualdad.

Tal vez hacen falta diputados

Las filiaciones políticas y representaciones partidarias no valen de nada si no se tiene en común la condición de clase y de nada serviría a la representación reducir el número de legisladores, si esto los hace más poderosos. Lo más probable, si esto sucede, según muchos solicitan, en vez de recortarse el presupuesto se repartirían más dinero entre menos diputados y serían como otros senadores diciendo que sus responsabilidades no merecen menos y que es mejor ganar más para que no vayan a tratar de corromperlos. ¿Pero qué tal si en vez de quinientos, hubiese cinco mil diputados que ganasen diez veces menos, sin posibilidad de darse sueldo o prestaciones que por mandato constitucional no fuese superior a siete salarios mínimos? Y en vez de 128 senadores que fueran 1,280 con la misma lana. De todos modos la población completa de cada estado está representada por tres individuos. Pues mejor que los representen treinta. El quid de la democracia moderna es la representación y cinco mil o 1,280 pueden representar más y mejor que quinientos y 128 al mismo costo.

Obligar a votar

Si invertimos nuestras reglas por las cuales el voto es más un derecho que un deber, podríamos abatir el abstencionismo y reducir los efectos del clientelismo político, el corporativismo y la coacción. Hacer obligatorio presentarse a la casilla el día de una elección, bajo pena de sanción no hacerlo, produciría representantes que deben mucho más a los ciudadanos sin filiación partidaria que al voto duro de sus institutos políticos y líderes.

Integrar a ciudadanos sin filiación partidaria al congreso
Para mejorar la representación política no basta con permitir las candidaturas ciudadanas, sino establecer una cuota porcentual de representación en el congreso de legisladores sin filiación partidaria, equivalente a la tercera o la cuarta parte del total. Todos los ciudadanos que no se sienten representados por los partidos políticos tendrían una nueva y distinta posibilidad para ello.

Componer la  relación territorio-población representada

El distrito es un híbrido entre objeto volador no identificado y el lado oscuro de la luna: se supone que ahí está, pero nada más. Es algo raro y desconocido. Tanto que se expresa con números romanos. A nadie le importa cuál es su distrito ni sus colindancias porque son totalmente ajenas a su identidad territorial o de pertenencia a su localidad. Que se presente un candidato diciendo, “hola soy fulanito y vota por mí para el distrito X, Y y Z” es como de teatro de Ionesco. Más valdría que las entidades de la República tuviesen una cuota proporcional de diputados en razón de su total de población, que fuesen diputados por estado o ciudad y no por distrito.

La manera de aplicar estas propuestas está al alcance de un plumazo de los legisladores, así de cerca y de imposible. Son ellos los que pueden cambiar las leyes necesarias para ello, pero también quienes tienen sus objetivos y prioridades en otros asuntos personales, de grupo y de partido. Proponer esto sin probabilidad a favor, no es más que pasear por el jardín. Pero pasear por el jardín es también una manera de pensar en otra fachada posible para la casa propia. Y eso a veces es bueno.

Anuncios