Usos privados de la televisión

La mayoría de los televidentes obtiene lo que quiere la mayor parte del tiempo. La televisión es una fuente inagotable de estímulos placenteros y eso es lo que comúnmente se demanda de ella. Por eso es mucho más que un medio de comunicación y sus contenidos no pueden ser clasificados en una pobre taxonomía de informativos y de entretenimiento.

La clasificación de contenidos televisivos en los tipos informativos y de entretenimiento corresponde a un análisis de contenido formal, pero deja fuera las experiencias del receptor. Es el receptor, precisamente, el gran ausente de la generalidad de la investigación en las ciencias de la comunicación, aunque el más atendido por la mercadotecnia.

La televisión sirve al televidente para usos particulares o privados que usualmente no reconocen las teorías de comunicación —de las que el objeto de investigación no identificado es el receptor o consumidor—, pero que son claves para explicar el comportamiento de la audiencia individual y colectiva.

Algunos de estos usos privados son los siguientes:

-Como medio de relajación. Al entrar a casa, la rutina de ponerse cómodo es aflojar la ropa y los zapatos para quedar en facha, lavarse las manos, sentarse o semiacostarse de la manera más fodonga y ver la televisión. Ésta nos separa de la solemnidad o el protocolo de lo público y nos conduce al ámbito de lo privado.

-Como medio de acompañamiento. La televisión es un fiel paliativo a la soledad. Toda esa gente que aparece en ella, con sus voces, sus risas y lo que hace, humaniza vicariamente al silencio y a la ausencia. Los contenidos televisivos superan la función que solía cumplir la radio y todavía hace, podemos ver, cara a cara, a nuestros acompañantes, verlos a los ojos es casi como conocernos íntimamente. Es mejor ser acompañado por gente bonita, ni duda cabe, que por nuestra imaginación.

 -Como medio de combatir el terror nocturno. Es más efectiva que rezar, no echa humo como las veladoras y es más segura. Garantiza ahuyentar a todo espanto mientras se encuentre encendida y se puede conciliar mejor el sueño que dejando la luz prendida. Los infomerciales en la madrugada son vistos por mucho más gente que compradores para los que no importa la repetición ni los milagros que ofrecen.

 -Como fuente inagotable de pornografía para los usos relativos a ella. Ni toda la pornografía que hay a disposición en internet podrá quitarle a la televisión su relación sexoafectiva o sexoservicial con el televidente. No se diga más.

-Como medio de distención en las relaciones interpersonales. Es un agente intermediario para interrelacionarse indirectamente con el otro en el mismo espacio: no tiene uno que conversar de manera continua, ni siquiera fijar la vista o atención en el otro, sino que hay un tercero con quien se alterna la comunicación verbal y la no verbal. Vincula también a los desconocidos que están forzados a compartir espacio y tiempo: con una televisión se comparte algo, se tiene algo en común. Es mejor que hablar del clima.

-Como medio sometido a la voluntad propia. El control remoto y su uso en zapping nos dota del primer robot de consumo masivo. Habla quedito, habla más alto. ¡Cállate! Cambia de colores, cambia de rostros… Un aparato que nos obedece con el mínimo esfuerzo de nuestra parte.

Reconociendo estos usos privados y varios más, las teorías de alienación pierden sentido, pues es el televidente el que satisface sus deseos como un soberano para el que el tema de la calidad de los contenidos está fuera de sus preocupaciones. La demanda determina la oferta: es el televidente con su control remoto el que le dice a productores y distribuidores lo que quiere. Por eso el programa de poesía de Canal 22 tuvo durante todas sus transmisiones un raiting de cero, porque no era útil para algún uso privado de los televidentes (ni para conciliar el sueño).

La teleaudiencia es una tirana con cada vez más esclavos: cuanta más oferta televisiva más obtiene el placer que quiere la mayor parte del tiempo.

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