Daddy Yankee forever

Ella monea y monea diario,

se da la vuelta en el vecindario.

Le gustan los Jo[r]dan y mucho perreo,

y el collar de San Judas Tadeo.

Le puso a su moto bocinas potente,

cuando pasa en la calle se siente.

Llegó la mona, lo sabe la gente;

el activo la pone bastante caliente.

-El Habano [facebook.com/HabanoMusic]

Una década, exactamente. El primero de julio de 2002 es la fecha de lanzamiento del primer disco de Daddy Yankee: El Cangri.Com (tuvo uno previo con otro nombre en 1995, a la edad de 18 años). La portada destella con su nombre en tipografía adiamantada y por los brillos dorados de sus joyas. Él es joven, latino y muy rico. Nos deja ver que se trata de un triunfador, un papacito que ha tenido éxito en Estados Unidos y no es gringo. Lo mejor, cuando uno lo escucha, es que parece no haber estudiado ni la primaria, que ganó mucho dinero sin esfuerzo habiendo vivido en un barrio pobre.

Su siguiente álbum, Barrio Fino (2004), fue el que regó e incendió la gasolina del reguetón (o reggaetón) desde Nueva York hasta Buenos Aires y desde entonces no se ha apagado. La portada es anodinamente discreta, en blanco y negro. Sin embargo, tiene una ventaja mercadológica muy superior: videos bien producidos, mejor distribuidos y puestos a disposición masiva. Nos muestra el supuesto barrio de miseria donde vivió en su infancia, pero ahora lleva un abrigo de mink y acerca a la cámara unas gigantescas letras de oro colgadas al cuello por una robusta cadena. Sin los videos, los audios habrían valido para muy poco.

A partir de ahí, su personalidad, su estilo, su apariencia (look) y especialmente su actitud constituyen un modelo continental del malandro, una cultura de nuevo rico, tropicalización del gansta del hip hop estadounidense con la ostentación de los símbolos correspondientes: la exageración evidente de lo caro, además de joyas enormes, ropa con los rótulos de las marcas, autos deportivos, yates, poder, impunidad, gafas oscuras de día o de noche… mujeres, pero no mujeres esbeltas, estilizadas y deprimidas, sino en sus justas carnes, complacientes, con poca ropa y muchos accesorios.

Mientras el hip hop frecuentemente se enfrasca en letras de denuncia, reivindicación y protesta, el reggaetón es hedonismo puro. Las letras en español sin ideas complicadas, más lo pegajoso de su simplicidad rítmica, constituyeron un producto especialmente atractivo para las zonas populares urbanas (donde no encaja la narcocultura norteña): Daddy Yankee nos muestra que aunque uno no se puede mudar a una mejor colonia, se puede ser el papi del barrio o la buenota deseada de la fiesta. Además, el reguetón tiene algo mucho más interesante y atractivo que el hip hop, por placentero: el perreo.

Kaos, La Free Show, OG Players, Manycomio y Galerías son los nombres de las principales discotecas donde suena y se baila reguetón en Ciudad Azteca, Los Reyes, Neza, Texcoco y Coacalco, en los municipios conurbados al nororiente de la ciudad de México. A ellos se suman eventualmente el Centro Cívico de Ecatepec, el ex Balneario Olímpico en Pantitlán o el Auditorio Ejidal Colosio de Chalco, lugares donde llegan a reunirse alrededor de cinco mil jóvenes, muchos de los cuales casi no puede creerse que lleguen a los 18 años. En febrero de este año se llevó a cabo el festival Reggaetón Live en la Plaza de Toros México, el mayor evento del género que ha habido.

Mientras que la promoción de otros géneros como el grupero y el rock saturan las bardas y postes de la Zona Metropolitana del Valle de México, el reguetón es relativamente discreto y se mueve más por medio de internet. Entre los talentos nacionales se cuenta a Ugo Angelito, C-Kan, Aztek 132, Santa RM, Big Metra y también chavas como Las Pisikatas, Las Tepiladies y Maty & Drea, entre muchos y muchas más. También casi cada semana se presentan intérpretes de Puerto Rico y Panamá. Y si no, la batería de deejays residentes especializados en el género da el flow necesario para poner a oscilar caderas y hombros.

En el Distrito Federal las  fiestas se llevan a cabo en salones, bodegas, casas particulares e inclusive en establecimientos para lavar coches. La mayoría de los asistentes son hombres que permanecen apenas moviéndose, conversando, bromeando y tomando cerveza con chamoy, observando con discreción a algunas de entre la minoría de chicas y aventurándose eventualmente a algún ligue o quitándose la camiseta como para llamar la atención. Unas cuantas princesas prefieren bailar entre amigas bateando a los sapos que se acercan a ellas. El perreo es casi exclusivo de los pocos que llegaron con sus novias. En esos casos, la participación del hombre está limitada a recargarse en una pared o estructura firme y tomar a la mujer de la cadera, mientras que ella apoya las manos en las rodillas y restriega su trasero sobre el pubis de su pareja.

Sin embargo, en el poniente de la capital mexicana las fiestas de reguetón han sido perseguidas por las autoridades de la delegación Álvaro Obregón con el operativo “cero-perreo”, bajo el argumento de que en ellas se vende y consumen inhalantes como droga (mona o activo). Pero en la vía pública y delante de la policía, en numerosos cruceros y a cualquier hora del día, pude verse a menores de edad moneando. Parece que se tolera en la calle y se proscribe en lo privado. El nombre de la redada indica que lo que se persigue es un tipo de baile o de convivencia y no una preocupación por la salud de los jóvenes. Meses antes, una diputada local, Edith Ruiz Mendicuti, propuso que la Secretaría de Educación prohibiera el perréo en las escuelas.

Tal vez es que el reguetón tiene un sutil aire a la transgresión como el que tuvo el rock hace muchos años. Desde hacía un par de décadas o más que un baile no era motivo de escándalo —la efímera lambada— hasta que llegó el perreo. Precisamente por eso puede considerarse que es una escena muy fresca: aunque varios de los artistas emblemáticos superan los treinta años, como fiesta y sobre todo como baile, marca una barrera generacional que la salsa y la cumbia nunca han tenido, el rock hace mucho dejó de tener y que en la música electrónica es ya casi inexistente.

El modelo de imitación de Daddy Yankee se experimenta a escala y no es generalizada aunque sí reconocible: los tenis de bota —los Jordan (Nike), sí, en algunos casos—, la gorra de corte besibolero Ed Hardy, la ropa Goga o imitación Dulce Gabbana (pantalón un poquito arremangado), los lentes piratas de modelo de moda y, en algunos casos, no el auto deportivo pero sí la motoneta, el tipo de vehículo en la primera escala de malandréo o maliantéo y el cabello muy corto y peinado en cresta.

No obstante, sería un prejuicio suponer que se trata de una escena constituida por una cantidad importante de delincuentes o aspirantes a serlo. No lo es. Ni por drogadictos ni por descocadas promiscuas. Se trata de chavos que viven sus tiempos con lo que les tocó: en los antros y fiestas cerca de sus casas a los que les dan permiso de ir, donde los dejan entrar (sin discriminación), en los que les alcanza para pagar, a los que van sus amistades y con la moda de la apariencia correspondiente. Y, por encima de todo, hay que reconocer algo: si asisten a estas fiestas o antros es porque hay talento en los artistas, buena calidad en las producciones y el sutil encanto del erotismo con pretensiones pornográficas.

(Nota: agradezco a DJ Krizis (@djkrizis), residente de Kaos, su colaboración para escribir este texto).

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