¿Más educación igual a más seguridad y menos crímenes?

Nuevo León y Tamaulipas son los estados con más años de escolaridad en promedio en México y con los indicadores de educación más altos. Chiapas, en cambio, tiene los más bajos. ¿En dónde se sentiría usted más seguro? Lo más probable es que en Chiapas. En la capital del país, en la delegación Milpa Alta hay ocho preparatorias y no hay universidades ni alguna otra institución de educación superior. En Iztapalapa, por el contrario, hay cerca de ochenta preparatorias y varias universidades. ¿En dónde se sentiría usted más seguro? Lo más probable es que en Milpa Alta.

Suena razonable apostar a la educación para que a muy largo plazo, veinte años, por ejemplo, en un país de licenciados amantes del arte contemporáneo, sea imposible poder contratar a un sicario. Es más, sería imposible que alguien quisiera matar por otro motivo que no fuera el celo profesional o la rivalidad intelectual o en actos extremos de congruencia volteriana, en defensa al derecho del otro a decir lo que piensa. Pero, ¿y mientras? ¿Es un error combatir a la delincuencia con la fuerza pública y no con “cultura”? Es necesario. ¿Es algo propio de gobiernos derechistas, neoliberales, malvados o espurios? Pues lo que hizo Lula en Brasil, cuyo gobierno obtuvo altísimos niveles de aprobación, fue combatir a la delincuencia a punta de metralla, con policías de élite dedicados a ocupar favelas, no con promotores culturales. Países con escasa escolaridad y con desigualdad pueden tener tan bajos índices de criminalidad como los hay en países con las sociedades más educadas y equitativas.

El punto es que la fuerza pública, en forma de corporaciones policiacas o militares es condición necesaria para la educación; y no es la educación una condición para la seguridad. En Guerrero, por ejemplo, tuvieron que suspender las clases hasta que la fuerza pública garantizó la seguridad en las escuelas. De modo que sólo se pueden elevar los indicadores en educación si se mantiene la estabilidad a largo plazo y para mantenerla se requiere que el Estado monopolice la violencia al mando de la autoridad. Napoleón creó un imperio antes de establecer el sistema educativo moderno y Fidel Castro una revolución antes de la alfabetización universal y democratizar la enseñanza pública. Por cierto, frecuentemente se habla de la educación como uno de los mayores logros de la revolución cubana, pero también lo ha sido su inteligencia de Estado, su capacidad para mantener una red de vigilancia, compilación de información y análisis de datos que le permiten ser altamente eficientes para garantizar la seguridad pública, además de que la reducción de las diferencias socioeconómicas favorece de por sí la estabilidad. Cuba no es estable por ser educada; es educada por ser estable. Así pasa con los países que tienen los niveles más altos en educación. Los países escandinavos fueron reduciendo la desigualdad por medio de su política fiscal y gasto público, y luego han venido elevando la calidad de su educación conjuntamente con las otras dimensiones del desarrollo humano. Los países más desarrollados y con los mejores niveles de educación no han prescindido de sus policías. Por el contrario, sus elementos son eficientes y aunque se mueran de aburrimiento cumplen con la importante función de disuadir el crimen, de desincentivar las actividades delictivas que la educación no logre prevenir.

Nunca ha habido tanta escolaridad en México como en estos días ni tampoco tanta “cultura” (bellas artes más literatura). En este sexenio la cobertura de educación superior ya superó su meta, pasar de 24 a 31 por ciento y llegará hasta 34 por ciento (de uno de cuatro a uno de tres), que es más o menos la que hay en Suecia (ningún país tiene cobertura total de educación universitaria ni los rechazados se convierten en sicarios porque no los acepten en este nivel). En 1968 la cobertura era de cinco por ciento en educación superior y el país era mucho más seguro. Nunca antes se han publicado tantos libros, nunca antes hubo mayor nivel de lectura ni se había leído más poesía en público ni realizado más presentaciones de libros, ni ha habido más casas de la cultura ni centros culturales ni tanta infraestructura cultural. Entonces la criminalidad no tiene como causa que falten espacios y oportunidades en educación y cultura. Más problema es que muchos espacios educativos no son aprovechados por quienes los ocupan por su falta de empeño y dedicación, que acaban por causar baja definitiva (muchos de los de pase automático, por ejemplo).

Tampoco son los años de más y peor pobreza en México. A diferencia de otras épocas, desde el gobierno de Carlos Salinas de Gortari los habitantes de los municipios más pobres del país reciben subsidios para su manutención, incluidas becas para su educación, hasta una cobertura total de la población en estas demarcaciones. Hoy como nunca antes se puede cursar desde prescolar hasta posgrado no sólo sin pagar, sino recibiendo un pago por hacerlo. No son necesariamente los más pobres quienes se hacen criminales. Los jóvenes que se enrolan en el crimen, que se hacen malandritos, no lo hacen para comprarse zapatos porque están descalzos, sino para cambiar sus tenis patito por unos Nike, o su camiseta de cholo por Polo y Versace, para gastar en antros y lujitos, y también para sentir poder: el de empuñar un arma, el de inspirar terror, el de desafiar a la autoridad… No es el robo de famélico el tipo de delito que se comete. Los jefes de todos ellos, los que entrenan sicarios, son expolicías y militares desertores, muchos de los cuales tienen una escolaridad de más de trece años.

El discurso intelectual es el que conviene a sus intereses: si la solución está en la “cultura” y la educación, entonces son quienes trabajan en estos ramos necesariamente la clave para resolver el problema, lo cual implica que deben recibir más dinero, más promoción, más notoriedad, más difusión a su trabajo, más honores, más de todo lo que quieran. ¿La solución es construir y mantener casas de la cultura en los municipios con más ejecuciones? ¿Cómo nos aseguramos de que los carteles no coopten estas casas de cultura y a sus creadores para convertirlas en casas de narcocultura?

Pasa algo semejante con las oenegés. Cada cuál asegura que la solución a la guerra entre cárteles y del gobierno con éstos pasa por el área de su especialización o de actividad a la que se dedica, puesto que esto implica beneficio en sus recaudaciones de fondos. Si se dedican a la infancia en situación de calle, entonces la solución es atender a la infancia en riesgo de ser reclutada por los cárteles; si trabajan en denunciar la corrupción, entonces la solución es ésa; si se dedican a la defensa de derechos humanos, entonces la prioridad es la atención a las víctimas, y así. No faltan quienes meten de contrabando en el debate o el pliego petitorio el tema de la reelección de legisladores y alcaldes, sólo porque sus oenegés se dedican a ello (¿El Chapo y los Zetas van a dejar de enviar sicarios a matarse entre sí, a extorsionar y a secuestrar porque podamos reelegir o no al diputado de nuestro respectivo distrito?). Como ninguna oenegé se dedica a los desertores del ejército, entonces ninguna propone una solución al respecto. El caso es que en razón de la vocación y los intereses de cada quién es como se orienta su crítica, su diagnóstico y su propuesta, independientemente de las relaciones multicausales del muy complejo fenómeno delictivo.

551575_10150945405819313_102064436_n

Anuncios