¿Teoría de la conspiración o política de la sinrazón?

El monismo político, la intolerancia y el fundamentalismo

El extremismo político es tanto el posicionamiento en cualquiera de los puntos más distantes al centro de la geometría política, como el rechazo a los procedimientos, normas e instituciones de las democracias liberales modernas. Comúnmente el extremismo procedimental es consecuencia del extremismo ideológico y no a la inversa: porque se tiene la convicción de que la ideología propia debe ser la única, por ser la verdadera o la mejor, se rechaza que el ágora esté abierta a diferentes ideas y grupos en competencia por el poder o, mejor dicho, por alcanzar los puestos para la toma de decisiones de los asuntos públicos, y la influencia sobre ellos por medio de procedimientos que incluyen la comunicación en el espacio público.[1]

El extremismo es antipluralismo. Dicho de otra manera: es monismo, como la tendencia a tratar como ilegítima a toda diferencia o disenso, a repudiar ideas distintas a las propias. Se opone tanto a la diversidad como al cambio por el convencimiento de poseer una superioridad moral. Asimismo, los movimientos extremistas tanto de izquierda como de derecha comúnmente tienen entre los más pobres e ignorantes a su base social, a su clientela, en la que fomentan la intolerancia y el antielitismo, explotan el resentimiento y azuzan a la violencia.[2]

El extremismo es frecuentemente la consecuencia del fundamentalismo, que es la convicción de que hay un conjunto de principios, verdades o valores —los propios— por los cuales se justifica proceder en contra de todo lo que no está de acuerdo con ellos, no se somete a su designio o es potencialmente su adversario; lo que conduce, en primera instancia, a la intolerancia, y, en el peor de los casos, al terrorismo.

A diferencia del extremismo de grupos conservadores que suelen ser asociados a la derecha, que frecuentemente tiene como una de sus fuentes el fundamentalismo religioso, en el de izquierda prevalece un fundamentalismo ideológico constituido por lo que en cada momento se deba suponer que es su propia identidad, lo cual hace las veces de un corpus doctrinario del que emanan los principios que orientan sus conductas y decisiones, desde la intolerancia a la crítica a la justificación de actividades ilegales como apoderarse de calles céntricas, pasando por la descalificación a la prensa, la injuria a los adversarios y el repudio a las instituciones. Con razón advirtieron los politólogos Cansino y Covarrubias que este tipo de populismo “adopta una lógica abierta de conflicto: la voz del ‘nosotros’ por encima de la libertad y las libertades individuales y colectivas”.[3]

Si se habla del carácter mesiánico cualquier líder identificado con el conspirativismo es por la construcción discursiva y escénica de su personalidad como fundamento moral-político: que sólo él encarna el bien, la verdad, la justicia, la redención de los pobres, la defensa de la patria y los espíritus de los héroes. El culto a la personalidad, la movilización y concentración de masas, la ritualización del encuentro líder-pueblo, la demonización de enemigos históricos causantes de todos los males, características de los totalitarismos, son también rasgos distintivos de los liderazgos mesiánicos o redentoristas.

Cabe agregar que la movilidad de los mitos políticos “permite crear o despertar universos de fantasías de los que el público se adueña al interpretarlos”. Durante sus candidaturas para ser electos o reelectos se sitúan “en la continuidad de una mitología política tal como la fundación de la nación, sus orígenes, su lucha por la independencia, sus valores constitucionales fundamentales”. En esta dramatización se presentan como héroes por medio de una comunicación en el plano emocional para propiciar procesos de identificación.[4]

El extremismo se caracteriza frecuentemente por “la atribución de causas y remedios sencillos y aislados a complejos acontecimientos humanos”, lo cual se denomina como simplismo histórico[5] y, además, “cuanto más inseguro en lo económico sea un grupo más probable es que sus miembros acepten la ideología o programa más simplista que se les ofrezca”.[6] La ideología es tan simple como pobres igual a buenos, ricos igual a malos, que como verdad irrebatible debe dar lugar a la lucha de la izquierda contra la derecha, de los patriotas contra los enemigos de la patria, los defensores de los pobres contra explotadores de los pobres, juaristas o bolivaristas contra imperialistas, el pueblo contra “los de arriba”, en suma: líder mesiánico vs. opositores al líder mesiánico.

En su discurso, la solución a los problemas del país, en especial el de la pobreza, es tan simple como reducir los salarios de los funcionarios públicos y los privilegios de la alta burocracia. Fácil: es un asunto de buena voluntad, de moral, de “austeridad republicana”. Se reduce a quitarles dinero a los ricos para dárselo personalmente a “los pobres”, y la forma se concentra en el protagonismo, en la dádiva de propia mano, como cuando Eva Perón entregaba billetes a sus descamisados, uno a uno, formados en una larga hilera. El populismo es una forma seductora del moralismo político.

 

La “teoría” de la conspiración

La implicación del simplismo histórico es el moralismo histórico, que es la “tendencia a creer que los acontecimientos humanos son íntegramente formulados por la supremacía de las buenas intenciones sobre las malas en cualquier momento, o viceversa”.[7] La extensión lógica del moralismo histórico es la “teoría” de la conspiración,[8] pues con la lógica de que los males que padecemos son deliberados se supone, se deduce o se descubre la manipulación de los muchos buenos —el pueblo— por los pocos malos —“los de arriba”. Si el pueblo es bueno, no puede ser responsable de sus males. Si “los de arriba” son malos, entonces ellos son los responsables. Así de simple. En el discurso de este tipo de populismo, dicen Cansino y Covarrubias, “la fabulación es uno de sus órdenes constitutivos”, por lo cual “la verosimilitud, la lógica de la representación, y no la verdad, ya que esta última jamás será su centro de gravedad”.[9] Que haya un compló es verosímil, aunque no sea verdad.

Si bien las conspiraciones o las colusiones secretas son una constante en la historia y en la política, la teoría de la conspiración tiene como primer elemento distintivo su naturaleza generalizadora.[10] Todo se explica —y justifica— como resultado de una conspiración que se extiende en el espacio, es internacional, y ahora está en su etapa de globalización: el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la OMC, Wal Mart, McDonald´s, El Vaticano, Disney, Estados Unidos, el neoliberalismo, que coordinan a las entidades conspirativas locales: el IFE, el PRI, el PAN, “El Yunque”, Coparmex, Bimbo, la Arquidiócesis de México, Carlos Salinas de Gortari —el villano por antonomasia, el innombrable—, etcétera. Y se extiende en la historia; se remonta a cientos de años y proyecta al futuro escatológicamente.

Precisamente como el interés popular en una conspiración sólo puede mantenerse si se presentan pruebas palpables de su existencia, “es cuestión de personificar alguna de las causas de alguna dificultad social”.[11] Por eso una consecuencia es la declaración o publicación de listas negras, de construir un inventario de nombres de individuos, grupos y entes relacionados entre sí. Nombres que se van agregando y en los que se centra, según la coyuntura, protagonismo en la conspiración. A fin de cuentas, todos los que se oponen al líder resultan ante el juicio moralista de los justos como enajenados por propaganda negra manipuladora o como dolosos cómplices de los conspiradores.

 

El imperio de la credulidad

Así como el fenómeno del populismo de discurso conspirativista se explica por la base social proclive al extremismo apoyada por algunos intelectuales y líderes de opinión, también se debe, en segundo término, a que existe una amplia predisposición entre un importante porcentaje de la población a creer en teorías de conspiración. Una encuesta de Mitofsky realizada antes de la complomanía, expresa que dos de cada tres mexicanos creen que en el país existen sociedades secretas que persiguen llegar al poder por medio de conspiraciones, y consideran que a lo largo de la historia esas sociedades han cometido asesinatos, fraudes o actos de terrorismo, manipulan a la gente y participan en la corrupción. La encuesta pregunta adicionalmente:

 

a lo largo de la historia, cuando mueren algunos personajes aparecen versiones que descalifican las investigaciones y dicen que hubo conspiración para asesinarlos, le voy a leer el nombre de varias personas que murieron; en su opinión ¿hubo conspiración o no hubo conspiración o no tiene información suficiente para opinar?

 

Más del 88 por ciento de los encuestados considera que sí en el asesinato de Luis Donaldo Colosio, y de ellos el 27 por ciento creen que el principal culpable es Carlos Salinas de Gortari. Además, 43.6 por ciento creen que quien está preso por el crimen no es la misma persona que le disparó. Sólo 4 por ciento creen que Mario Aburto actuó solo. Los otros casos que explora la encuesta son el asesinato del cardenal Posadas Ocampo, la muerte del narcotraficante Amado Carrillo (“El Señor de los Cielos”), el suicidio de la defensora profesional de derechos humanos Digna Ochoa, el asesinato al revolucionario Emiliano Zapata, el accidente automovilístico del panista Manuel Clouthier, el accidente aéreo de Pedro Infante y la muerte de María Félix. Llama la atención que un diez por ciento responden que Pedro Infante no murió en el accidente aéreo, misma cantidad que cree que María Félix fue asesinada. El único caso que las fuentes históricas consignan indudablemente como un complot, es el de Emiliano Zapata, asesinado en una emboscada.

Por si fuera poco, 20 por ciento responden que el hombre no llegó a la Luna por primera vez en 1969, sino que creen en la versión de que fue un montaje cinematográfico; el 22 por ciento creen que las pirámides fueron construidas por extraterrestres y el 51 por ciento que los gobiernos tienen información que prueba la existencia de ellos y la ocultan. Concluye la encuesta que “los mexicanos tenemos tendencia a creer en la veracidad de versiones no oficiales”, aun cuando fuese la primera vez que escuchasen esas versiones.[12]

Con esta base potencial de credulidad en el imaginario colectivo nacional, no extraña el éxito en que muchos acepten como verdadera la versión tropicalizada de la teoría de la conspiración, el compló.

 

El moralismo de los ilustrados

Que un grupo pequeño o numeroso añada a un gran metarrelato conspirativo episodios fantásticos particulares, aún en una coyuntura electoral, es poco influyente si no cuenta con líderes de opinión que con su prestigio incidan en la espiral del silencio para promover éstos u otros similares como argumentos probatorios del punto de vista dominante, que socializan la teoría de la conspiración en este caso. Entonces se crea una especie de efecto multiplicador en el que ya cualquier disparate pueda, al menos, sembrar la duda en cuanto a su veracidad en algún porcentaje considerable de la ciudadanía.

La expresión “teoría de la conspiración” es errónea desde una perspectiva académica, puesto que toda teoría es la expresión de un conjunto de supuestos validados científicamente para dar explicación de un fenómeno en términos causales y con un rango amplio de predictibilidad. No es teoría, sino creencias ajenas al debate o discusión científica. Por eso la complomanía no puede ser refutada con argumentos racionales porque se identifica con las convicciones de un grupo, “es la expresión de esas convicciones en términos de movimiento”.[13] A partir de ello todos los actos de gobierno del presidente en turno provienen —según el imaginario de los mitómanos— de acuerdos secretos y tienen fines perversos en perjuicio de la gente buena. Esto tiene como fin práctico enfatizar lo que para ellos es la cualidad de ilegitimidad del presidente, descalificado como espurio o impuesto. Si no le ganan en las urnas, pretenden hacerlo en el espacio simbólico de la moral. “La invocación de la inmoralidad general”, según demuestran los politólogos Seymour Martin Lipset y Earl Raab, “siempre ha sido parte esencial en las teorías de la conspiración al identificar la cualidad maligna de los conspiradores, que es la base última para considerarlos ilegítimos en materia política en el mercado político normativo”.[14]

Las pruebas de la conspiración están en la suposición del denunciante, es decir, la lógica del descubridor de la conspiración, su perspicacia para hacernos notar lo que está delante de nuestros ojos y nuestra ingenuidad no nos permite darnos cuenta; su capacidad de ver más allá de lo evidente. De modo que a los estudios sobre teoría de conspiración podría proponerse otra categoría de análisis, la de salto epistémico, que sería algo así como la de inferir conclusiones falaces de premisas erróneamente problematizadas. Por ejemplo, veo una pequeña luz o resplandor en el cielo, luego supongo que no puede ser otra cosa que una nave tripulada por seres inteligentes provenientes de otro planeta. O a la inversa, alguien dice que fue abducido por seres extraterrestres y la prueba es que hay pequeñas luces o resplandores en el cielo.

Los líderes mesiánicos que hablan a nombre de la izquierda no sólo han despojado a ésta de una agenda para su modernización, sino que han renunciado a la razón al promover entre sus militancias la sinrazón del conspirativismo como método de análisis de la realidad política y también como tablas de la ley para juzgarla.

 


[1] Al respecto es recomendable la lectura de A. Touraine, “Comunicación política y crisis de representatividad” en J.M. Ferry, D. Wolton, et. al., El nuevo espacio público, Barcelona, Gedisa, 1998, donde se explica que “el orden del Estado, el de las demandas sociales y el de las libertades públicas” han dejado de pertenecer a un mismo sistema, por lo que “la comunicación política es el conjunto de las instrumentaciones que permiten pasar de uno de esos órdenes a otros”, p. 50. Como incipiente campo de conocimiento en el que se cruzan la ciencia política y la comunicología, la comunicación política tiene entre sus objetos de estudio a la opinión pública, como una de sus líneas de investigación o especialización.

[2] S.M. Lipset y E. Raab, La política de la sinrazón, México, Fondo de Cultura Económica, segunda edición 1981, pp. 9-23. Este libro es una referencia básica para el estudio del extremismo político y la teoría de la conspiración.

[3] C. Cansino e I. Covarrubias, En el nombre del pueblo. Muerte y resurrección del populismo en México, México, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez-Centro de Estudios en Política Comparada, 2006, p. 31. De acuerdo con Norberto Bobbio (Izquierda y derecha, Madrid, Santillana, 2000), contemporáneamente izquierda y derecha pueden caracterizarse por su relación con los principios de igualdad y libertad. La izquierda da prioridad a la igualdad sobre la libertad, mientras que la derecha a la inversa, y están más cerca del centro conforme guarden un equilibrio entre ellos. Puede deducirse que el extremismo de izquierda es capaz de cancelar las libertades en aras de imponer lo que considere la igualdad.

[4] Cfr. Jacques Gerstlé, “La propaganda política. Algunas enseñanzas de la experiencia norteamericana” en J.M. Ferry, D. Wolton, et. al., op. cit., pp. 235-236.

[5] Lipset y Raab, op. cit., pp. 23-27.

[6] Ibidem, p. 10.

[7] Lipset y Raab, op. cit., p. 27.

[8] Ibidem, p. 31.

[9] Cansino y Covarrubias, op. cit., p. 31

[10] Lipset y Raab, op. cit., p. 32.

[11] Lipset y Raab, op. cit., p. 56

[12] Consulta Mitofsky, “Los mexicanos y las conspiraciones”, encuesta telefónica nacional, septiembre de 2003.

[13] G. Sorel, El mito de la violencia, s/f, Buenos Aires, La Pléyade, p. 39

[14] Lipset y Raab, op. cit., p. 55.

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