El vendedor (poeta) caníbal más grande del mundo

“¿Quién es uno?” es una pregunta imposible de responder de manera verdadera. Por eso, convencionalmente se responde con el nombre propio. “¿Quién eres?” equivale entonces a “¿Cómo te llamas?” o “¿Cuál es tu nombre?”. Hay otro convencionalismo, que es suspender el problema ontológico con una respuesta praxeológica, el hacer como constitutivo del ser. “¿Quién eres?” equivale a “¿Qué eres?” en cuanto al rol o función en la estructura socioeconómica, y también equivale a “¿Qué haces?”, “¿A qué te dedicas?” de manera profesional, al “What do you do in the life?” estadounidense. Las respuestas son: “soy doctor”, “soy artista”, “soy empresario”, “soy luchador social”, “vendo Avón”, “vendo autos”, “desarrollo proyectos”, entre miles posibles.

Si se acepta esta consideración, José Luis Calva Zepeda se presentaba razonablemente como lo que era: poeta, novelista y dramaturgo, aunque ahora es preso. Pero sólo se definía a medias, pues era un excelente vendedor y las notas periodísticas lo han exhibido también como taxista, actor-declamador y mentirosamente profesor de literatura. José Zepeda, como firmaba sus obras, apodado por la prensa de nota policiaca como “El Caníbal de la Guerrero” o “El Poeta Caníbal”, era capaz de vender en un solo día de cien a doscientos ejemplares de sus libros —según el testimonio de una de sus ex novias—, posibilidad sorprendente si consideramos que las editoriales de prestigio difícilmente venden en uno o varios años una cantidad así de la mayoría de sus títulos de poesía.

Especulando sobre esta posibilidad, pueden obtenerse interesantes reflexiones sobre la industria editorial y los hábitos de lectura en la Ciudad de México. Por ejemplo, sin una costosa publicidad que incremente los costos y encarezca los precios de venta, es más efectivo llevar las mercancías a los consumidores o compradores potenciales que esperar a que vayan a donde están los productos. Las actuales dinámicas de los mercados así son: el objeto de venta debe salir al paso del cliente, quien tiene poco tiempo y paciencia, y sólo irá a comprar bienes o servicios si la experiencia aparece como una posibilidad de entretenimiento, de diversión, o de un gran ahorro. Entonces, el libro debe salir al paso del comprador y la lectura aparecer en el tránsito del potencial lector, así como el corporativo Telmex lleva tarjetas telefónicas a los embotellados cruceros automovilísticos para que los conductores y demás pasajeros sigan hablando, aunque sea para informar que van a llegar tarde o que van en camino; o como Bon Ice, que lleva las congeladas a donde están los sedientos y acalorados usuarios del transporte público.

Los textos de José Luis Calva Zepeda pueden ser buenos, regulares o malos (¿qué critico literario los ha leído para poder juzgarlos?), pero es seguro que se vendían más por su agresivo mercadeo que por posibles virtudes retóricas o lingüísticas; se vendían por llevarlos a los potenciales lectores en tránsito a un relativo bajo precio, de diez a veinte pesos. La clave: ser también su propio editor. Entonces, además de no tener costos de distribución (la vía pública), almacenamiento (su vivienda), difusión (su voz) ni consignación (venta directa), reducía los costos de producción, lo cual le permitía ofrecer un precio de venta sumamente competitivo. Un caso de capitalismo salvaje al que le tenía sin cuidado China, la piratería, la televisión y toda la industria editorial con los que de hecho no competía.

Sin becas gubernamentales ni de instituciones financieras, sin premios en efectivo ni regalías, Calva Zepeda podía haber obtenido ventas de mil a dos mil pesos diarios, de cinco mil a diez mil pesos en cinco días a la semana, o de veinte mil a cuarenta mil mensualmente, al haber vendido cada ejemplar de sus obras a un precio de diez o veinte pesos. ¿A cuánto ascendían sus utilidades? Puede especularse que al menos equivalentes al cincuenta por ciento del precio de venta. Parece que suficiente para sufragar sus gastos inherentes al consumo de drogas legales e ilegales, como Baudelaire, la renta de un apartamento en una colonia céntrica, así como los costos relativos a la conquista de parejas sentimentales, al estilo romántico de los amantes a la antigua descritos por el cantautor Roberto Carlos. A propósito, ¿cómo habrá sido su proceso creativo de escritura? ¿Metódico, por inspiración, constante, disperso…?

Tal vez más cerca de Og Mandino que de Neruda, soberbio y ególatra como algunos escritores famosos y varios menos conocidos, José Zepeda seguramente ambicionó la fama como creador literario, pero la obtuvo de manera involuntaria en la primera plana de varios diarios, para que su nombre quede asociado al de asesinos seriales. Acaso debería llamar la atención sobre la cualidad indie que hoy que tanto se aprecia en el ámbito musical, como una manifestación literaria-editorial independiente. ¿Cuánta gente hay en la ciudad y en el país editando y vendiendo lo qué escribe? ¿Quién compra y quién lee esos textos? ¿Qué pasa con ellos? ¿Los regalan, los guardan, los tiran? ¿Significan para ellos un entretenimiento, una actividad formativa o qué?