Telelocución y comunidades emocionales del futbol

El futbol no es sólo el acto deportivo que se lleva a cabo en la cancha durante el tiempo reglamentario, sino que es también todo lo que transcurre a su alrededor, antes, durante y después: especialmente las experiencias colectivas de los aficionados a partir del proceso de mediación y la ritualidad en el estadio.

I

El futbol como programa de televisión es un producto compuesto por varios elementos: uno, la dirección de cámaras, que selecciona alternadamente los puntos de vista y la proximidad a fragmentos del escenario deportivo y su entorno (“encuadres”), así como de las repeticiones de algunos cortes; dos, la transmisión sonora ambiental como parte del audio; tres, las imágenes que se añaden, interponen o sobreponen; y cuatro, la locución o telelocución que describe o explica el curso (paso) del juego y los eventos aledaños que influyen en su realización o resultado.

Este último, la locución, comúnmente llamada narración, ha sido clave para hacer del programa de futbol un producto de consumo masivo como las telenovelas y las películas de Hollywood. La locución en televisión es una herencia de la radio y reproduce su propósito, que no es tanto dar cuenta del evento deportivo como de hacerlo entretenido en todos los casos, así haya que magnificar los hechos y sublimar las emociones del conjunto de receptores o audiencia; los involucra en una épica como participantes o testigos en primer plano. Es, todavía, una genialidad mercantil haber hecho un producto radiofónico a partir de un espectáculo para ser visto en el estadio o la arena. Lo es también haber hecho de un programa radiofónico un ingrediente para la producción televisiva.

Las locuciones descriptivas, analíticas y valorativas trascienden también el tiempo estricto del evento deportivo hacia producciones complementarias en programas y periódicos especializados que proveen a los aficionados de datos, ideas, creencias, emociones y vocabulario (“media punta”, “contención”, “medio escudo”, “carrilero”, “creativo”, etcétera).

Así, la telelocución ha contribuido a la formación de los hábitos (rituales) del receptor-espectador-aficionado, a la socialización de un conjunto de conocimientos de lo futbolístico —de los nombres de los jugadores a las tácticas—, a la retórica que explica su fenomenología (de manera falsa o verdadera) y también a la creación de formas de convivencia en la experiencia mediática. Por ejemplo, a los aficionados mexicanos les gusta creer, de acuerdo con la construcción periodística, que su futbol es pícaro, que sus jugadores tienen talento a pesar de la inferioridad física. Sienten orgullo de cantar Cielito Lindo en el estadio o en la plaza pública delante de la pantalla que el político les pone, y expresarse como protagonistas de un espectáculo extracancha de carnavalización del futbol, mostrando ante el mundo sus disfraces de charro o luchador enmascarado.

Por el contrario, la transmisión televisiva de un partido de futbol sería un producto culto, como se dice de manera elitista del cine de autor, si no tuviese publicidad ni locución, de modo que el televidente se explicase por sí mismo las imágenes, así como en las películas de David Lynch no hay una voz en off o subtítulos que le interpreten al cinevidente lo que está mirando. Las transmisiones deportivas que ha hecho Canal 22 no marcan diferencia en eso respecto de las de los canales comerciales. Es decir, intelectualizar una transmisión deportiva no es que los intelectuales comenten sobre lo que todos están viendo, ni que hablen de anécdotas históricas o hagan analogías literarias, ni crear narraciones alternativas a las del locutor gritón de las televisoras comerciales, como que el patinaje es “poesía en movimiento”. Bastaría con que todos se callaran. Es más, con que no hubiera ni quien presentara el partido o competencia y que al final sólo se presentara una lista de créditos.

II

El conjunto de hinchas forman la barra. Y el núcleo duro es la barra brava. El ser hincha es ya formar parte de una comunidad emocional, y ser barra brava es alguien que trabaja con las emociones como hace el futbolista en la cancha a favor del mismo equipo. Por eso la barra hace que lo importante del partido esté en la tribuna tanto o más que en la cancha, que a veces se reduce a condición de pretexto. El barra brava no ve el partido, lo vive de espalda a la cancha o debajo de un trapo para dirigir a la hinchada como un líder o chamán, para que toda la hinchada participe de una experiencia catártica durante el partido que llega a asemejarse a la de quien participa en una ceremonia vudú. De modo que la barra es parte del equipo, como la playera, su historia o el corazón de los futbolistas, y puede vengar una derrota en la cancha venciendo en una batalla campal dentro o fuera del estadio a la barra adversaria, rito que eventualmente demanda y cobra sangre de rivales.

A diferencia de la película de Hollywood o la telenovela en las que para todo el público ya hay la certidumbre sobre el final, lo sabe de antemano, el partido de futbol tiene un final abierto, incierto, así como una trama que va haciéndose momento a momento, lo que le da al aficionado la posibilidad imaginaria o, tal vez un tanto real, de incidir en ella. Los de la barra, como en menor medida los aficionados de la audiencia mediática, se atribuyen cualidades chamánicas, porque se sienten capaces de influir y determinar el resultado de un partido a favor de su equipo; sus cantos, porras y buenas vibras son como conjuras o hechizos capaces de causar goles o evitarlos.

El concepto comunidad hace referencia a que un grupo social pone en común recursos y responsabilidades para sobrevivir y asegurar su continuidad, concepto que originalmente implicaba el arraigo a un territorio y luego el apego o atavismo a éste tras emigrar; pero también ha implicado la persistencia de lazos afectivos o emocionales a partir de que sus miembros mantienen o han mantenido una relación cara a cara; después ha bastado la filiación a una misma identidad para considerarse miembros de una misma comunidad; ahora considero que puede hablarse de comunidades emocionales cuando en vez del apego a un territorio es la relación emocional, a modo de afición, con una épica deportiva en este caso, la que da a sus integrantes un vínculo por el cual comparten un imaginario del que se suponen partícipes en el mismo sentido. Es decir, así como para las pandillas la pertenencia a un mismo territorio constituía el motivo de su vínculo e identidad, para las barras está en la pertenencia a una misma emotividad.

Formar parte de la barra es, para sus integrantes, contar con una identidad, formar parte de, ser alguien, tener un grupo que los reconoce y para el que son importantes, que no los juzga sino por su entrega para apoyar al equipo (“aguante”), que peleará con cada uno y por cada uno, y, sobre todo, creerse que se forma parte de algo muy grande y trascendente, portador de grandes valores, por lo que muchas veces los jugadores del equipo no están a la altura en la cancha. La fantasía es que si jugaran como los apoya la barra, con la misma intensidad y coraje, serían invencibles.

Así, la afición fuera del estadio se conecta con la barra mediáticamente, por la transmisión televisiva; el audio del ambiente en el estadio alimenta también la emoción del telespectador y el aparato de televisión opera para él como vehículo mágico para la transmigración de su porra y vibra hacia su comunidad emocional y, a la vez, hacia el equipo en la cancha. El futbol es todo eso. Es mucho más de lo que pasa en la cancha; es, como dicen algunos antropólogos, un hecho social total: la puesta en un solo acto de todas sus dimensiones constitutivas: de lo deportivo a lo simbólico, y de lo histórico a lo emocional.

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