Algunos más iguales que otros: de discriminaciones al por mayor

Naco, indio, mongol, marica, criada, gata, albañil, gachupín, oaxaco, macuarro…  son algunas de las palabras que de manera recurrente se dicen actualmente en México con la intención de insultar, lo que manifiesta el desprecio a personas con determinadas características relativas a su condición económica, étnica, fisionómica o religiosa; así como por su origen, lugar de residencia, pertenencia comunitaria o de grupo, actividad laboral, género u orientación sexual, que en conjunto muestran lo numerosas, arraigadas y extendidas formas de exclusión y discriminación que hay en el país, o de plano expresiones de odio, prejuicios e intolerancia a la diferencia. Los siguientes son algunos de ellos.

Racismo

Es una variante de discriminación por fisonomía, por cómo se ve alguien y  lo que es visto en particular de tal persona con desaprobación. En este caso es el desprecio a personas por el color de su piel, y expresa la creencia de que el color propio es superior al de otros. La palabra casi siempre se refiere a la discriminación contra personas negras, pero no es exclusiva del caso.

Aunque la palabra negro no tiene en México una intención ofensiva, sino que depende del contexto y las circunstancias de cómo se exprese, el racismo contra personas de color, es una cruel realidad. Sí, todo mundo repudio al diputado experredista Ariel Gómez León por sus expresiones racistas contra los damnificados por el terremoto en Haití (al menos nadie expresó públicamente su respaldo o simpatía por él ni lo disculpó), pero el hecho es que la población negra mexicana, o afromexicanos, sobrevive en condiciones contrarias a la dignidad humana. En México hay al menos 200 mil personas negras que radican mayoritariamente en pequeñas localidades de las costas de Veracruz, Guerrero y Oaxaca —en la Costa Chica, entre Acapulco y Huatulco—, tienen una cultura propia con particulares usos y costumbres; y también son pobres entre los pobres, puesto que no están reconocidos oficialmente como etnia, de tal modo que no están incluidos entre los beneficiarios de los programas (de asistencia) sociales del gobierno. No son tomados en cuenta debidamente ni por el Instituto Nacional para la Estadística Geografía e Informática (INEGI),

También los indígenas sufren discriminación de tipo racista. Es decir, no sólo por ser pobres y sus características culturales, sino también por su fisionomía: piel morena, baja estatura y rasgos faciales. En 2005 se realizó y publicó la Primera Encuesta Nacional sobre Discriminación en México (no se ha vuelto a hacer otra), por parte del Consejo Nacional para Prevenir y Eliminar la Discriminación (Conapred), organismo gubernamental. Entonces, uno de cada cinco encuestados manifestó que no estaría dispuesto a permitir que en su casa habitara un indígena y, lo más grave, cuatro de 10 estuvo de acuerdo con la afirmación de que los “los indígenas tendrán siempre una limitación social por sus características raciales”, la misma cantidad de los que estarían dispuestos a organizarse con otros para solicitar que no se dejase establecer una comunidad indígena cerca de su casa.

Clasismo

Se trata del repudio a personas de clase social inferior tanto de manera objetiva como subjetiva. Es decir, tiene dos expresiones: el repudio al pobre y el desprecio al mal gusto. Siendo México un país con una brecha socioeconómica brutal, de una desigualdad en el ingreso y el gasto de los hogares tremenda, de una evidente y ofensiva injusticia social, el clasismo encuentra una base estructural para que sea el tipo de discriminación más recurrente y que se asocia con otras expresiones de ella. Se les discrimina por ser pobres y también porque son quienes tienen menor escolaridad, quienes realizan actividades laborales despreciadas, mal pagadas y porque sus costumbres, gustos y estilos de vida se consideran inferiores.

Por ejemplo, en la ciudad de México, la gran mayoría (95 por ciento) de la población indígena residente se concentra en tres actividades económicas: albañilería, comercio informal y trabajo doméstico. Se expresa no sólo en que se dice como insulto albañil, criada y otros sinónimos sino, sobre todo, en la negación de los derechos laborales, de ellas en particular: hay un millón 717 mil trabajadoras domésticas en todo el país, muchas de ellas menores de edad, pero el 96.4 por ciento no tiene un contrato firmado con sus patrones, e incluso cuando lo hay pocas veces cuentan íntegramente con las prestaciones de ley. Solamente el 0.01 por ciento está afiliado al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Únicamente el 13.3 por ciento gana tres salarios mínimos o más y siete de cada 10 han sufrido acoso sexual y otras formas de maltrato explotación o abuso.

El clasismo, en su expresión subjetiva, está relacionado con la posesión de unos y otros códigos culturales: ostentación de bienes simbólicos, consumo y prácticas culturales que diferencian al buen gusto del mal gusto. Y aquí es donde entra la palabra que más recurrentemente se emplea para despreciar: naco. Si bien frecuentemente el clasismo entremezcla ambas dimensiones, por las cuales un pobre es naco y un naco es pobre, subjetivamente permite crear filtros con los que no basta el dinero para no ser discriminado o para que se le reconozca igualdad entre superiores. De ahí la creación de espacios y mecanismos de selección y exclusión: zonas de Gente Muy Importante (Very Important PeopleVIP), clubes que requieren recomendación y aprobación de un comité para admisión, fraccionamientos y comunidades cerradas (material y socialmente), colegios orientados o bajo tutela de determinados grupos religiosos o empresariales y demás formas asociativas.

Machismo

La discriminación contra las mujeres se expresa en violencia física, sexual, económica y emocional, y se comete con mayor frecuencia en el propio hogar, aunque también en las escuelas, los centros laborales y en espacios públicos. Está presente a lo largo y ancho del país en todas las clases sociales y sobrepasa las diferencias de escolaridad. Utiliza la palabra vieja como despectivo de mujer y justifica, cuando no exalta, el ejercicio de la violencia como expresión o exhibición de poder sobre ella y la prole. Su expresión más grave es la violencia física homicida, que en años recientes ha venido siendo llamada feminicidio. La ex legisladora, feminista e investigadora Marcela Lagarde y de los Ríos afirmó, en agosto de 2008, que desde 1999 y hasta entonces más de 10 mil mujeres y niñas fueron asesinadas de manera violenta, “delitos que en mayor parte quedan en la impunidad”.

El machismo se manifiesta también como repudio a personas homosexuales, tanto por su sola orientación (que les gusten personas de su mismo sexo), como por las distintas expresiones que de ello, en algunos o muchos casos, se hacen; desde la manera de vestir, la gesticulación, hasta la negación a la igualdad en los mismos derechos que los heterosexuales (aunque hay también personas gay que asumen el rol de macho en tanto ejercen violencia contra su pareja). El humor y la picardía recrean reiteradamente el desprecio a las personas homosexuales y hacen burla de ellas; pero su expresión más nefasta es el crimen por homofobia, es decir, el asesinato de personas por odio a ellas, únicamente por su orientación sexual distinta. De 1995 a 2007 se cometieron 464 en el país, de acuerdo con una organización de la sociedad civil abocada a llevar el seguimiento y la denuncia pública de ello.

La encuesta referida sobre discriminación señala que uno de cada siete mexicanos está de acuerdo con la afirmación de que no hay que gastar tanto en la educación de las hijas como en la de los hijos, y todavía el 13.2 por ciento desaprueba la idea de que una mujer decida tener un hijo y criarlo como madre soltera. En tanto, una de nueve personas no le daría empleo a un solicitante que fuese homosexual, en el supuesto caso de que fuera patrón.

Xenofobia

Es el desprecio o expresión de odio contra los extranjeros. En México se manifiesta principalmente contra los centroamericanos, los españoles y los norteamericanos. Por cuestión de espacio solamente me referiré al primer caso por ser el de consecuencias más graves.

Los inmigrantes provenientes de Centroamérica que ingresan ilegalmente al territorio nacional, frecuentemente con la intención de transitar a Estados Unidos, son tanto víctimas de la criminalidad como de tratos crueles inhumanos y degradantes cuando son detenidos por las autoridades así como durante su estancia y traslados en las zonas migratorias. Otros más logran permanecer eventualmente como peones en plantaciones y en el caso de mujeres algunas se emplean en el servicio doméstico, en ambos casos con una paga inferior a la que se da a los nacionales y sin derechos laborales. Asimismo, en los estados fronterizos del Sur prolifera la explotación sexual comercial de inmigrantes en condiciones de esclavitud, mayoritariamente de menores de edad. El año pasado la organización Fin de la Prostitución Infantil, la Pornografía y el Tráfico de Niños con Fines Sexuales (Ecpat, por sus siglas en inglés) aseguró que 20 mil mujeres centroamericanas son obligadas a prostituirse en el  sur y sureste de México.

Los delirios de la sinrazón

Hay muchas otras formas y casos de discriminación vigentes en el país y expresiones de desprecio que al menos debo mencionar: las que padecen personas infectadas con VIH o enfermas de SIDA, quienes tienen discapacidad, otros más por profesar una religión distinta a la católica, por motivos políticos (ser disidente u opositor), por ser ancianos (“adultos mayores”, según el eufemismo), que de entre todos se considera que son los más vulnerables, con más desventajas y menos oportunidades, como por ejemplo, para conseguir trabajo; así como el otro rostro de la discriminación, el de las incitaciones al odio y la descalificación del adversario como expresiones de antielitismo (la marcha de “los pirrurris”, los chicos de blanco, por ejemplo).

Queda pendiente, por supuesto, una amplia explicación, conceptualización y recuento de las sinrazones del antisemitismo, expresadas desde la grosera agresión al que era director del IMSS, Santiago Levy, hasta la negación del Holocausto, pasando por la idea de los israelitas como matapalestinos y despojadores de territorio, o la acusación de “pueblo deicida” (tremenda hazaña la de haber matado al Todopoderoso o, al menos, al 33 por ciento de la Trinidad).

El caso es que Esteban Arce no llegó del espacio exterior o de una época remota que no tiene nada que ver con la mismísima y cruda realidad cotidiana. Él representa el rostro público de la opinión o mentalidad de no pocos mexicanos… y mexicanas.

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