Xochimilco al cien con El Komander

La conexión de Xochimilco con la música norteña es añeja y extraña. Parece que su origen es exageradamente simple y un poco pueril: la trajinera más folclórica para el paseo en los canales es la que lleva el nombre Lupita en su marquesina y la canción de El Chubasco dice: “como a las once se embarca Lupita”. Se sintetiza así todo lo que el morbo turístico requiere: el paisaje semirrural, el paseo indígena como en los tiempos precortesianos, el morbo por el estereotipo cinematográfico María Candelaria-Lorenzo Rafael y música tradicional de México, todo conectado gracias a la Virgen patrona y morenita. Racionalmente, unas cosas no tienen que ver con las otras: la música del Norte no se refiere a chinampas ni a pueblos originarios del Valle de México; pero vivencialmente no hay fronteras en las identidades culturales, sino vasos comunicantes en los gustos y sentimientos.

Cuando los bailes gruperos llegaron a la periferia del Valle de México en los dosmiles, Xochimilco se volvió una plaza importante para la escena. El sombrero había dejado de ser una prenda de uso corriente entre los jóvenes desde hacía décadas, pero se recuperó como parte del atuendo de ocasión para los asistentes a los bailes, en lugares como El Rodeo, que cumple diez años (https://www.facebook.com/rodeoxochimilco), y de otros antritos que le han hecho competencia por el exceso de demanda. Los bailes masivos llegaron con las bandas sinaloenses más importantes, con los duranguenses de moda y con los clásicos norteños.

A propósito de ídolos, tal vez sólo Espinoza Paz se encuentra por encima de El Komander en la preferencia del público grupero xochimilca. Aunque ambos son sinaloenses, representan opuestos: uno apela a la miseria de la mexicanidad; el otro, a la superación de ella. El Komander es el ícono del movimiento alterado que le da música y voz a la cultura buchona: ostentación del lujo, la buena apariencia física, la moda, el derroche y valores como la ambición y la presunción, que se sintetiza en la letra “K” de la marca Komander: dando cuerpo a un AK-47 dorado. La cultura buchona es exótica en la capital del país y más en Xochimilco, pero El Komander es, valga la expresión equívoca, un rockstar en Xochimilco, quizá tanto como en su tierra.

La ocasión en particular, de por sí, es importante en Xochimilco. Es el día que cierra el certamen de La Flor más Bella del Ejido, lo que equivale al carnaval local para efectos del almanaque religioso y sociobarrial, que sigue siendo la máxima fiesta de la identidad local. El Komander comparte cartelera con las bandas Los Recoditos, MS y Horacio Palencia. Es su segunda tocada de la noche y se desplaza desde Naucalpan, en el extremo opuesto de la Zona Metropolitana.

La producción es sorprendente: tres escenarios equidistantes, lo cual permite que cada banda en turno comience a tocar inmediatamente después de que termine la anterior, para mayor provecho del público, con un sonido superior a turbinas de avión que alcanza a escucharse a más de tres kilómetros de distancia. Hay aproximadamente quince mil personas a campo abierto, según los reportes previstos por la Secretaría de Seguridad Pública y confirmado en los hechos por el abarrotamiento del lugar hasta hacer muy complicado desplazarse de un sitio a otro. Las tres cantinas son oasis entre nubes de tierra que emanan del calzado de quienes bailan y es una hazaña lograr comprar en ellas.

Son cerca de las 2:00 cuando saluda en Facebook y en pocos minutos recibe más de tres mil likes y 230 comentarios, entre piropos, halagos y peticiones. Después de las 3:00 una minoría de irrespetuosos silban a la MS, que representan a la old school, y corean “Komander, Komander…”, pero es hasta cerca de las 4:00 cuando sale al escenario.

No tiene una gran voz, apenas como la de Pepe Aguilar, pero es adecuada para un estilo baladístico. Tampoco tiene una gran banda ni una presencia escénica sobresaliente, pero confirma que marca un cambio generacional en imagen, mensaje e identidad. Su apariencia es casual y rompe con la parafernalia polícroma ranchera, más hacia lo pop: chamarra negra, jeans, cabello muy corto, sin sombrero y bien perfilado, barba de tres días y nada de gritos para arrear al público.

La letra de las canciones cuenta más que el ruidero de las bandas old school. No se refiere tanto al elogio al capo o “pesado” como a la exaltación de un estilo de vida compartido con el público, el cual se refiere menos al tráfico de sustancias ilícitas y más a su consumo como práctica cultural, en temas como El cigarrito bañado, El taquicardio y Tokezones de cannabis, así como referencias a relaciones erótico-afectivas que supera las formas románticas convencionales y se instalan en el descaro, como cuando dice: “tú pones el cuerpo, yo pongo el champagne”, momento cumbre del toquín, cuando se lo canta a centímetros de distancia a una afortunada.

Mientras que la mayoría llegaron con sombrero o lo compraron ahí, gente del equipo del Komander vende con éxito gorras con su nombre en acabados brillosos. Me parece ver en ellas algunos destellos buchones que llegan a la periferia chilanga para quedarse en las cabezas minutos antes de que amanezca.

 

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