Lucha libre: una narrativa axiológica de lo mexicano

Hablar de lo mexicano o la mexicanidad es arbitrario; es querer encasillar una realidad plural, diversa o heterogénea en unas cuantas características que difícilmente son comunes a la mayoría. Hay múltiples versiones de ser mexicano, tan distintas que inclusive el cine de Ismael Rodríguez requirió cada una de sus películas para mostrar varios de sus rostros. Sin embargo, alcanzó a bosquejar entre ellas un conjunto de valores y símbolos que constituyen una antropología visual de lo mexicano. Suponiendo que esto es posible y que hay personajes como los que interpretó Pedro Infante, en los que se encarnaban valores y situaciones en las que gran parte del público podía identificarse, las siguientes líneas pretenden hallar en la lucha libre una puesta en escena de estos mismos. ¿Nos dice algo la lucha libre sobre México? ¿Representa algo o un poco de lo que somos, pensamos que somos, queremos o aspiramos a ser?

 

Rojo bandera

“¡México!… ¡México!… ¡México!… ¡México!… ¡México!…” Hay un solo motivo por el que rudos y técnicos pueden aliarse legítimamente: México. Estadounidenses, puertorriqueños o japoneses visitantes izan sus banderas, visten con sus colores patrios y enfatizan el orgullo de sus nacionalidades y el desprecio a los locales. Esa es la manera más fácil de unificar antipatías del público en su contra y apoyo a favor de los luchadores mexicanos que deben defender el honor y hacer pagar afrentas a los extraños enemigos que han osado profanar con su planta nuestro suelo. Ser mexicano es un valor y la defensa del orgullo de serlo está por encima de rivalidades, odios y cualquier diferencia o rencor.

En tanto espectáculo, a diferencia del futbol y otros deportes en los que se debe respetar la nacionalidad de los rivales en la cancha y las tribunas, en la lucha libre se suspende esta convención y los extranjeros visitantes, así como sus aliados mexicanos traidores, hacen del insulto a nuestra nacionalidad el insumo que le da sabor a la función y un discurso que se integra a la representación en el ring para hacerla especialmente significativa: se sufre más cuando le dan sillazos en la cabeza a los luchadores que nos representan y los hacen sangrar, pero también se goza más cuando ellos dan sillazos a los extranjeros y su sangre es la que riega el cuadrilátero.

Nunca vimos ni veremos a Landon Donovan, del balompié estadounidense, sangrar en el Estado Azteca en un juego contra el tricolor. Esa es la diferencia: la sangre es catártica, tanto o más que el gol. El máximo héroe patrio no es Hidalgo ni Juárez, sino Juan Escutia. Una lucha sin sangre es una mala lucha. Y sin sacrificio, peor.

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Valores: lo que Une y Divide a los Mexicanos (Envud), [1] lo que más nos une es la historia, los deportes y el nacionalismo; y lo que más nos divide, la política, las clases sociales y los partidos políticos. Pese a todos los problemas y las condiciones de injusticia, en una escala de cero a diez respecto a qué tan orgulloso se siente de ser mexicano la respuesta promedio fue de 9.1. Otra encuesta, la de  Cultura Política y Prácticas Ciudadanas (Encup), registra que tres cuartas partes se siente muy orgulloso de ser mexicano y dos de cada cinco orgulloso. Sólo el uno por ciento no comparte este sentimiento o convicción.[2]

 

En mi casa y con mi gente… se me respeta

A diferencia del futbol, en que se da por supuesto que el representativo de México es inferior al de otras latitudes, al sudamericano o europeo, al público nacional le gusta creer que la lucha que se presenta en las arenas del país es la mejor del mundo y se lo repite constantemente. Sin embargo, persiste una necesidad: la de confirmar si sí se puede. La encuesta México, las Américas y el Mundo señala que el nuestro es un país “pesimista y agobiado, pero con aspiraciones”.[3]

Puesto que persiste la duda de que si lo hecho en México está bien hecho, si es mejor lo extranjero o lo nacional, hay una preocupación constante de confirmarlo en evidencias, con ejemplos. Así como el que futbolistas mexicanos vayan a jugar a equipos europeos es una señal de éxito, de que triunfar en el extranjero es hacerlo a lo grande, la lucha libre da oportunidades para que se pueda reconocer que los mexicanos pueden competir con los mejores del mundo y vencerlos. Es uno de los pocos espectáculos populares en los que eventualmente puede constatarlo personalmente.

No importa que los rivales sean de mayor tamaño y fortaleza, la condición de mexicano y el orgullo de serlo supone la posesión de atributos que van más allá de las capacidades físicas: astucia, picardía, valentía y un corazón capaz de soportar toda desventaja, cualidad que gusta suponerse como característica o exclusiva de los mexicanos, como algo que lo diferencia del resto del mundo.

Cabe comentar mencionar una de las hazañas más célebres en la historia de la lucha libre en México: la de Canek cuando se enfrentó a André Gigante (o André the Giant) en el Toreo de Cuatro Caminos, el 12 de febrero de 1984. El príncipe maya, con una estatura de 1.83 y peso de 110 kilogramos, levantó por un instante al contrincante que luchaba para la WWF (empresa norteamericana, hoy con las siglas WWE) de 2.26 de altura y más de 220 kilos, para azotarlo en forma de crush, algo que parecía imposible, y vencerlo.

La formación de ídolos locales es de lo más importante: individuos con los que uno puede identificarse por su origen o el lugar donde se dan a conocer. Hay un importante sentido de pertenencia en referencia a una localidad y un colectivo que se valora positivamente: siete de cada diez se identifica bien con el conjunto de los mexicanos, con su ciudad y su colonia, nos dice el Diagnóstico Axiológico de México, y entre las personas con menores estudios e ingresos es mayor, llega a más de ocho de cada diez.[4]

 

La gran familia mexicana

Hijo del Santo, Hijo del Perro Aguayo, Hijo de Cien Caras, Hijo del Solitario, Rayo de Jalisco Jr., Dr. Wagner Jr., Dos Caras Jr., Blue Demond Jr… hay familias de luchadores; padres e hijos, dinastías; Los Guerrero, hijos de Gory Guerrero; Los Brazos, hijos de Shadito Cruz; Los Villanos, hijos de Ray Mendoza… El patrimonio, además del nombre y la máscara, es la personalidad y el estilo de luchar, como son las llaves más importantes que los caracterizan. El orgullo se hereda y también las rivalidades. El que fue adversario del padre forzosamente lo es del hijo. Las deudas de honor trascienden generaciones tanto como el cariño o repudio del público.

Es rarísimo que haya un deporte en el que participen padres con hijos o en el que los hermanos formen parte del mismo equipo, pero la lucha libre así lo permite e inclusive lo alienta y festeja. Más raro todavía que interactúen padres con hijas, como El Apache y las Apache, y éste con sus yernos, haciendo así un espectáculo telenovelezco.

De acuerdo con la Encup, en una escala de cero a diez, la familia obtuvo la calificación más alta respecto a aquello en lo que más confiamos, al haber alcanzado un resultado de 7.8; y en la Encuesta sobre Bienestar Subjetivo de los Mexicanos la vida familiar es el aspecto que más satisfacción brinda, con una calificación de 8.6.[5] La lucha conecta muy bien con este valor: representa y reúne a la familia. Mientras que el futbol ha sido copado por barras y grupos semiporriles que han ahuyentado a las familias, la lucha las mantiene en sus gradas: señoras y chavas son frecuentemente las más entusiasmadas, las que gritan más, las que sufren y gozan más.

 

La justicia más allá de la ley y la autoridad

La justicia no es tal. El réferi, el encargado de hacer cumplir el reglamento, frecuentemente es parcial a favor del mal o de los rudos; lo aplica cuando le conviene a sus favoritos y lo viola deliberadamente en caso contrario. Es juez y parte. A veces más parte que juez, al punto en que llega a intervenir físicamente. De modo que quien debería ser neutral es un actor de la iniquidad o, en otros casos, su fallo resulta de las artimañas de quien lo engaña.

Es fácil ver en la actuación de los réferis una metáfora o una representación de lo que es el sistema de justicia en México, a diferencia de la lucha en Estados Unidos, en donde son escrupulosamente imparciales, aplican el reglamento de manera justa y no hay forma de que puedan ser engañados.

Según el Diagnóstico Axiológico, sólo quince por ciento de los mexicanos considera que nuestras autoridades no son arbitrarias; cuarenta por ciento manifiesta que actuar mal no tiene castigo, es decir, que hay impunidad de manera habitual; siete de cada diez considera que las leyes están hechas para proteger a los poderosos, cifra que entre los pobres y de menores ingresos llega a nueve de diez; y la tercera parte de los encuestados considera que es tonto cumplir con la ley si nadie lo hace.

Por su parte, la Envud manifiesta que, en una escala de cero a cinco, hacer trampa en el pago de impuestos tiene una justificación de 2.9, si hay oportunidad de ello, y 2.7 de aceptar un soborno o mordida. Asimismo, la percepción, de acuerdo con la Encup, es que vivimos en un país corruptísimo: a la pregunta de qué tanta corrupción cree que hay en el país, en un rango entre cero y cinco, el promedio fue de 4.54. Y a la pregunta de qué tanto cree usted que los gobernantes cumplen la ley, sólo 9 por ciento considera que mucho, 73% que poco y 17% nada.

De modo que si el cumplimiento de la ley es un valor polémico para los mexicanos, el luchador técnico, el bueno, cuenta con legitimidad para también violarla cuando la autoridad actúa en su perjuicio. Aunque toda función está llena de actos dramatúrgicos, de exageraciones y situaciones inverosímiles, lo que la puesta en escena nos dice es que la justicia no depende del sistema o del entorno institucional, sino de saberse defender. “No es lo mismo ley que justicia”, como dicen los devotos de Malverde.

Un juez parcial o instituciones corruptas siempre le permiten al que pierde justificar su derrota: uno nunca es el culpable de lo malo que le pasa, sino de alguien que deliberadamente le impide a uno triunfar, sea por envidia o pura mala fe. Es el mismo supuesto que hay para creencia en hechizos o males de ojo, que uno no es libre autor de su situación, sino una víctima. Por eso, si alguien puede vencer a un juez que es parcial en su contra, y a un conjunto de reglas y estructuras que obstaculizan el desenvolvimiento y superación personal, necesariamente merece nuestra admiración y respeto. Es un héroe, así haya tenido que transgredir normas; o está bendito y cuenta con aprobación de fuerzas celestiales o sobrenaturales que lo protegen.

 

Una narrativa axiológica

Una función de lucha es un capítulo de un largo relato, de una historia épica, en la que hay alianzas, traiciones, reconciliaciones, rencor, perdón, engaño, pero también lealtad, cooperación y sacrificio. Es como una larga novela de folletín, por lo que su estructura narrativa es como los productos de las grandes industrias culturales: fácil de entender, con una trama predecible y con roles estereotipados.

La máscara forma parte de la narración en tanto constituye a personajes. Lo hace enigmático, pero también ayudar a darle respetabilidad. Si a esto se añade la inclusión de símbolos religiosos, la narración adquiere tintes de una disputa que trasciende a lo que sucede en el cuadrilátero y en la arena, que tiene que ver con lo transcendente.

Por lo tanto, es perfectamente natural que el máximo ídolo en la década pasada haya sido Místico. Su máscara, en color plata de la de El Santo, lucía el bordado de una hostia consagrada como se le representa en la misa católica; el mismísimo cuerpo de cristo luchando. Su personaje narraba una leyenda que se supone cierta: huérfano criado en la casa hogar de Fray Tormenta, un sacerdote que luchaba enmascarado como profesional para mantenerlos. Místico, de menor talla y peso que sus rivales, innovó o renovó al luchador técnico con llaves espectaculares que no habían sido vistas: el helicóptero y la mística, y con lances temerarios en forma de tornillo hacia afuera del ring. Místico fue y es un personaje crístico, es decir, con cualidades como de Cristo.

La lucha libre es una exposición de la ambivalencia de lo mexicano en el imaginario colectivo representado por técnicos y rudos:

 

Técnicos Rudos
Chambeador Transa
Sacrificado Ventajista
Leal Traidor
Clemente Despiadado
Osado Calculador

 

Que si la lucha libre nos dice algo sobre México, al parecer, puede concluirse que sí.


[1] Banamex y Fundación Este País, Encuesta Nacional de Valores sobre lo que nos Une y Divide a los Mexicanos (ENVUD), marzo de 2012.

[2] Secretaría de Gobernación, Quinta Encuesta sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas, 2012.

[3] Guadalupe González González et al., México, las Américas y el Mundo, Centro de Investigación y Docencia Económicas, marzo de 2011.

[4] Centro de Investigaciones para el Desarrollo, A.C., Encuesta de Valores. Diagnóstico Axiológico México,  febrero de 2011.

[5] Instituto Nacional de Estadística Geografía e Informática, Encuesta sobre el Bienestar Subjetivo de los Mexicanos, noviembre de 2012

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