Educación para el siglo XXI. A 20 años de la comisión de la UNESCO para la utopía necesaria

Jacques Delors (Coord), La Educación encierra un tesoro. Madrid: Santillana, ediciones UNESCO, 1996

 

La aldea global

No obstante el abismo que nos separa a los países en vías de desarrollo de los desarrollados, hay tendencias comunes y universales que nos afectan a todos. Se trata de lo que ha venido llamándose como globalización, con consecuencias importantes en las expectativas de vida, trabajo y bienestar de todos los pueblos. Quizá las dos tendencias más significativas están en la economía y en las tecnologías de la información, las cuales han trastocado por completo los sistemas productivos, financieros, comunicacionales y de servicios, con todas las consecuencias que de ello dervivan, muchas de ellas muy negativas, como el creciente desempleo estructural y la exclusión de amplios sectores de la población a este proceso en la mayor parte de los países.

 ¿Qué tipo de educación se necesita, entonces, para que todos puedan incorporarse a este proceso? Para responder a esta interrogante, en 1991 la conferencia general de la UNESCO invitó  al director general de la institución a convocar a una Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI. Ésta quedó establecida formalmente a principios de 1993, bajo la presidencia de Jacques Delors, entonces presidente de la Comisión Europea. La Comisión se integró por quince especialistas de diversas regiones y concluyeron sus consultas y reuniones con un documento titulado “La educación encierra un tesoro”, el cual fue presentado oficialmente en abril de 1996 y que, a partir de entonces, ha sido publicado en diferentes idiomas para su difusión. Se trata de un compendio de ensayos que ofrecen orientaciones —tanto éticas como operativas— para desarrollar estrategias educativas de cara a las problemáticas que presentan las tendencias de la globalización. Por ello consideramos que vale la pena echar un vistazo a estas propuestas que, por lo pronto, en Europa, principalmente, conducen la reflexión para adecuar la educación a los retos que plantean las nuevas aristas de la realidad, para tener así un marco de referencia más amplio para trabajar en propuestas concretas para México.

 

“La utopía necesaria”

 Jacques Delors presenta este compendio, conocido también como “Informe Delors”, con un texto titulado: “La Educación o la utopía necesaria”, en el cual la utopía es la instancia crítica de la que se desprenden premisas fundamentales para construir políticas educativas destinadas a promover el desarrollo humano. Esta utopía parte del supuesto de que la educación constituye un instrumento indispensable para que la humanidad pueda progresar hacia los ideales de paz, libertad y justicia social. Así pues, la utopía de Delors no es un ideal inalcanzable, sino un conjunto de orientaciones de las que resumimos a continuación algunos de sus puntos más importantes.

 Delors parte de la premisa fundamental de que “la función esencial de la educación es el desarrollo continuo de la persona y las sociedades”. Si bien reconoce que la educación no es la única vía para resolver los graves problemas que afronta la humanidad, ciertamente considera que ésta sí es un medio privilegiado para alcanzar un desarrollo humano más armonioso, más genuino, para hacer retroceder la pobreza, la exclusión, las incomprensiones, las opresiones, las guerras, etcétera. Es por ello que la educación debe recuperar su fín ético, pues, desgraciadamente, en no pocas ocasiones ha venido convirtiéndose en factor de exclusión y discriminación, en lugar de promover el desarrollo humano.

 Así, la educación ha quedado atrapada en las tensiones de la transición a la globalización, tales como las siguientes: la tensión entre lo mundial y lo local; la tensión entre lo universal y lo singular; la tensión entre la tradición y la modernidad; la tensión entre el largo plazo y el corto plazo; la tensión entre el aumento acelerado de conocimientos y la capacidad de asimilación de los seres humanos; y la tensión entre la competencia y la igualdad de oportunidades. Hay una tensión más, la que hay entre lo material y lo espiritual. “¡Qué noble tarea de la educación —apunta Delors— la de suscitar esta elevación del pensamiento y el espíritu hasta lo universal y a una cierta superación de sí mismo!”. Pero, ante estas tensiones, la educación ha tendido a responder a las necesidades pragmáticas del mercado, y ha sucumbido ante el predominio de lo efímero y de la instantaneidad, así como a las exigencias de competitividad. Los responsables de la educación han perdido de vista su misión, que es dar a cada ser humano los medios para aprovechar todas sus potencialidades, conciliando la competencia con la cooperación que fortalece y la solidaridad que une.

 

Prioridades en la educación

La educación tiene la misión de permitir, a todos sin excepción, hacer fructificar todos sus talentos y todas sus capacidades de creación, lo que implica  que cada uno pueda responsabilizarse de sí mismo y realizar su proyecto personal. Todo convida entonces a revalorizar los aspectos éticos y culturales de la educación, y la creación de capacidades que permitan a cada uno actuar como miembro de una familia, como ciudadano o como productor. Para ello, nada puede reemplazar al sistema formal de educación, en el que cada uno se inicia en las materias del conocimiento en sus diversas formas.

 Estas mejoras deseables y posibles no dispensan la necesidad de innovación intelectual y de la aplicación de un modelo de desarrollo sostenible de acuerdo con las características propias de cada país. La imaginación humana debe, por lo tanto, adelantarse a los progresos tecnológicos, si queremos evitar que se agraven el desempleo, la exclusión social y las desigualdades en el desarrollo. Por todas estas razones, le parece a Delors que debe imponerse el concepto de educación durante toda la vida. La educación permanente debe ser una estructuración continua de la persona humana, de su conocimiento y sus aptitudes, pero también de su facultad de juicio y acción.

 Es deseable, entonces, que la escuela inculque el gusto y el placer de aprender, en consecuencia, la capacidad de aprender a aprender. Imaginémonos una sociedad en la que cada uno sería alternativamente educador y educando. La educación durante toda la vida se presenta así como una de las llaves de acceso al siglo XXI.

 Lo primero, aprender a conocer, teniendo en cuenta los rápidos cambios derivados de los avances de la ciencia y las nuevas formas de la actividad económica y social. En segundo lugar, aprender a hacer, adquirir una competencia que  permita hacer frente a numerosas situaciones, que facilite el trabajo en equipo, dimensión demasiado olvidada en los métodos de enseñanza actual. Y, por  último, sobre todo, aprender a ser, pues el siglo XXI nos exigirá una mayor autonomía y capacidad de juicio junto con el fortalecimiento de la responsabilidad personal en la realización del destino colectivo.

 Hay tres funciones que deben impulsarse: la adquisición, la actualización y el uso de los conocimientos, las cuales deben ser imprescindibles en el proceso educativo. Mientras la sociedad de la información desarrolla y multiplica las posibilidades de acceso a los datos y a los hechos, la educación debe permitir que todos puedan aprovechar esta información.

 El desempleo y el subempleo sólo se puede salvar mediante una diversificación muy amplia en la oferta de trayectorias, que consiste en valorar los talentos de todo tipo, de forma que se limite el fracaso escolar y se evite el sentimiento de exclusión y de falta de futuro, enriquecidas por una alternancia entre la escuela y la vida profesional o social. Son muchos los jóvenes que se ven excluidos de la enseñanza antes de haber conseguido una titulación reconocida que no cuentan ni con la ventaja de una titulación ni  con la compensación de una formación adaptada a las necesidades del mercado de trabajo.

 La universidad podría contribuir a esta reforma diversificando su oferta. Asimismo, en las naciones pobres, las universidades deben desempeñar un papel determinante para examinar las dificultades que se les presentan en la actualidad. Tienen la obligación de realizar la investigación que pueda contribuir a resolver sus problemas más graves. Les corresponde, además, proponer nuevos enfoques para el desarrollo que permitan a sus países construir un futuro mejor.

 Tres agentes principales coadyuvan al éxito de las reformas educativas: en primer lugar, la comunidad local y, sobre todo, los padres, los directores de los establecimientos de enseñanza y los docentes; en segundo lugar, las autoridades públicas y, por último, la comunidad internacional. En ese contexto, convendría añadir algunas recomendaciones relativas al contenido de la formación de los docentes, a su pleno acceso a la formación permanente, a la revalorización de la condición de los maestros responsables de la educación básica y a una presencia más activa de los docentes en los medios sociales desasistidos y marginados, donde podrían contribuir a una mejor inserción de los adolescentes y los jóvenes en la sociedad.

 Considerado desde este punto de vista el mejoramiento del sistema educativo obliga al político a asumir plenamente su responsabilidad. En efecto, ya no puede comportarse como si el mercado fuera capaz de corregir por sí solo los defectos existentes o como si una especie de autorregulación bastara para hacerlo. Todas las decisiones adoptadas en ese contexto tienen repercusiones financieras.  La educación es un bien colectivo al que todos deben poder acceder.  Una vez admitido ese principio, es posible combinar fondos públicos y privados, según diversas fórmulas.

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