Samuel Ruiz, conflicto religioso e insurgencia guerrillera en Chiapas

Malaventuradas las feministas
“Es absurdo tratar de legalizar uniones del mismo género que van en contra de la naturaleza”, respondió a la prensa monseñor Samuel Ruiz García, obispo emérito de San Cristóbal de las Casas, durante los festejos por el quincuagésimo aniversario de su episcopado, cuando se legislaba sobre el matrimonio de parejas del mismo sexo en la Ciudad de México. Su fundamento para negar este derecho no era otro que una creencia religiosa: “Dios creó al hombre y lo creó como hombre y mujer, no un solo género sino ambos, de manera que hay una complementariedad”. (El Universal, 20 de enero de 2010).
Asimismo, la doctrina católica sobre interrupción del embarazo y anticoncepción se opone a los derechos sexuales y reproductivos, especialmente de las mujeres. Atenta contra ellos quien procura imponerla a todas, incluyendo a las que no comparten esta fe. Por lo tanto, viene al caso recordar que el primero de diciembre de 1990 entró en vigor un nuevo Código Penal en Chiapas, que en su artículo 136 establecía que no era punible el aborto dentro de los primeros noventa días de embarazo en caso de violación, cuando la madre corriera riesgo de muerte o si el producto presentaba alteraciones genéticas que implicaran trastornos graves o por razones de planificación familiar. Junto con el obispo de Tuxtla Gutiérrez, Felipe Aguirre Franco, Samuel Ruiz emitió un comunicado en protesta contra la legislación sobre este derecho. Convocaron a su grey, con el grupo Provida por delante, a una campaña para reclamar su derogación por medio de marchas y firmas “a favor de la vida, desde su concepción”, lo que consiguieron el mismo día 31. El movimiento feminista y los grupos progresistas locales y nacionales expresaron su repudio al embate conservador, pero no tuvieron la capacidad de persuasión sobre el gobernador Patrocinio González Garrido, a diferencia del buen Tatic y sus amenazas de excomunión y condena “a las cinco feministas de San Cristóbal que promovieron la ley”, según cita Carlos Monsiváis.1
Samuel Ruiz llegó tarde y parco al tema de los derechos humanos. Su Centro Fray Bartolomé de las Casas A.C. fue fundado 28 años después de su arribo a San Cristóbal, hasta 1989. El Centro Nacional de Comunicación Social A.C. (Cencos), de don José Álvarez Icaza, data de 1964. El hecho es que don Sam no eligió a los indígenas chiapanecos ni la diócesis. Se la encomendó el Papa por consejo de su representante apostólico en el país, como ocurre con todos los obispos que nombra. Conservador y anticomunista por provenir de un entorno cristero, durante un tiempo “fue un obispo pescado: pasó con los ojos abiertos en medio de la opresión, sin verla”, asegura sin precisar cuánto tiempo su biógrafo Carlos Fazio (La Jornada, 25 de enero de 2011).
De manera institucional, le correspondió seguir los lineamientos del magisterio progresista de los papas Juan XXIII y Paulo VI para transformar la realidad social a favor condiciones de vida acordes con la dignidad humana. Desde 1960, por iniciativa del delegado apostólico (representante del Papa) Luigi Raimondi los obispos y diversas congregaciones religiosas pusieron atención a la pastoral indígena y promovió el envío de recursos financieros de instituciones internacionales para atender las condiciones de marginación de estas comunidades.

El fracaso pastoral
Dado que las iglesias se conciben a sí mismas con validez universal y poseedoras de la verdad, su dinámica institucional está orientada al reclutamiento y conservación de fieles. Compiten entre sí por la feligresía. En este sentido, los datos indican que Samuel Ruiz fracasó en su labor pastoral con todo y su teología india y su legión de evangelizadores.
San Cristóbal de las Casas es una de las tres diócesis que hay en Chiapas, además de Tuxtla Gutiérrez y Tapachula. Tiene una extensión territorial que abarca a 48 municipios y 2,500 comunidades indígenas localizadas entre la mayor parte de la frontera con Guatemala y los límites con Tabasco. Se divide en siete zonas pastorales para las cuales hay 84 sacerdotes, 335 diáconos, 8,000 catequistas y 300 “agentes de animación pastoral”. Además, la diócesis tiene una intensa labor misionera de dominicos (Ocosingo), jesuitas (Yajalón) y maristas (Comitán), y dos escuelas para la formación de catequistas indígenas. La población es de un millón y medio de personas, pero sólo son católicos el 59 por ciento, con siete de los once municipios de mayor proporción de población protestante dentro del estado: Tumbalá (37.6%), Salto de Agua (30.8%), Oxchuc (29.8%), Chilón (25%), Ocosingo, (22.5%), Palenque (21.1%) y Las Margaritas (16.9%), todos los cuales tienen una población mayoritariamente indígena (tzeltales y choles).2
De ese 59 por ciento nominal, ¿a cuántos representaba el obispo Samuel Ruiz? La misa de su despedida de la diócesis, en febrero del año 2000, tuvo una asistencia de 15 mil devotos, incluyendo a los que descendieron de comunidades en las montañas. ¿Son muchos o pocos si consideramos que entonces la población de la ciudad de San Cristóbal era de 112 mil habitantes? El punto es: don Samuel no representaba ni tenía autoridad pastoral sobre la mayoría de los habitantes de su diócesis ni de todos los indígenas, pues ya era una sociedad plural, en la que hay diversidad religiosa, y hay cada vez más agnósticos o no creyentes. Ni siquiera tuvo la aceptación de todos los católicos. No tuvo la capacidad o voluntad suficiente para conciliar diferencias entre los católicos tradicionalistas, carismáticos y otros con los fieles a él, los de la teología india. En 1960, cuando acababa de llegar a Chiapas, había sólo un 4.2 por ciento de población protestante. Al paso de los años de su episcopado fueron aumentando las afiliaciones a las iglesias protestantes y decreciendo el número de católicos a la vez que aumentaban los conflictos entre sí. (Por cierto, la hipótesis que se ha esgrimido para atribuir el crecimiento del protestantismo como resultado de una estrategia imperialista de Estados Unidos, ha quedado demostrada como falsa).3

No he venido a traer la paz, sino la espada
Cabe preguntarse si las evangelizaciones han traído más males que bienes, puesto que las diferencias religiosas parecen la principal causa de conflictos entre las comunidades chiapanecas y al seno de ellas, por encima de las diferencias partidarias, étnicas y de clase. En la década de los setentas los católicos tradicionalistas expulsaron a los evangélicos de sus comunidades despojándolos de sus tierras y asesinaron a varios. Desplazaron a cerca de 32,000 de ellos y a otros más, católicos de la teología india de don Samuel. Pero la insurrección del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en 1994, causó la expulsión de evangélicos y testigos de Jehová en las áreas que controlaba, a favor de sus grupos religiosos afines.
Mientras se realizaban las negociaciones para solucionar el conflicto armado y establecer la paz, “la insurgencia zapatista fue acompañada por un proceso de toma de tierras por grupos afines”, de la teología de la liberación, lo cual afectó los intereses de los mestizos (también católicos), “quienes se vieron doblemente abandonados por el obispo Ruiz”, en lo religioso “por dar preferencia a la Teología India y de la Liberación, opuesta a su visión del mundo”, y en lo político y económico “por no condenar la toma de tierras por parte de los indios”, de acuerdo con el antropólogo Elio Masferrer.4 La diversidad religiosa es un hecho en Chiapas más que en cualquier otra entidad del país, pero los evangélicos, teniendo mucho qué aportar al proceso de paz, no fueron tomados en cuenta, por los gobiernos federal y estatal ni por las comisiones de intermediación ni por los neozapatistas ni por sus simpatizantes de izquierda. Ni por don Samuel.

Más enajenación que liberación
No es correcto atribuirle a la evangelización o pastoral de quien sea, la concientización de los indígenas como personas dignas y sujetos de derechos. La conciencia de cada quién sobre su dignidad es consustancial a la persona y no es dada por credo religioso alguno ni por acciones pastorales basadas en una u otra reflexión teológica. Las condiciones de opresión, miseria o ignorancia pueden menoscabar la voluntad para querer vivir conforme a ella, pero no la eliminan. Prueba es que hubo numerosas rebeliones indígenas antes de Samuel Ruiz y la teología india. La más interesante es la de 1867, cuando los indígenas trataron de tener un mesías propio y crucificaron a un niño, lo que provocó la intervención de la fuerza pública tratando de castigar este crimen; entonces estalló la rebelión que derivó en una revolución económica y social, primer brote de una sociedad igualitaria. Sostenían el lema: “que el hombre blanco se coma su dinero y nosotros nuestros productos”, por lo que realizaron los intercambios mercantiles con base en el trueque. El dinero era llamado en la lengua indígena tak’in, que significa excremento solar. Su eliminación obedeció a la idea de que su acumulación era el origen de la desigualdad y la explotación.5
Por otra parte, en 34 días el EZLN logró más en términos de justicia social que Samuel Ruiz en 34 años previos, provocando transferencias multimillonarias de la federación a la entidad para infraestructura y programas sociales, así como para impulsar una reforma constitucional, basada en los Acuerdos de San Andrés, para promover los derechos de los pueblos indígenas. Sin embargo, el Plan Diocesano de Pastoral, legado de don Samuel a San Cristóbal, no es de lo mejor en cuanto a promoción humana, puesto que considera como males a las carreteras, a los medios de comunicación y al sistema educativo, porque, según su diagnóstico de la realidad, “provocan cambios en el modo de vivir de las sociedades indígenas y campesinas, destruyen o modifican su cultura y sus valores, provocan la desintegración familiar y comunitaria, y deterioro moral”. Con toda razón la Conferencia del Episcopado Mexicano expresó tras su muerte que “era un obispo más”.

Notas
1 Carlos Monsiváis, “De cómo un día amaneció Pro-Vida con la novedad de vivir en una sociedad laica”, Debate feminista, año 2, núm. 3, marzo de 1991, pp. 82-88.
2 Samuel Ruiz, “El protestantismo en Chiapas: una experiencia pastoral” en Gilberto Giménez (Coord.), Identidades religiosas y sociales en México, IIS-UNAM, México, 1996.
3 Carolina Rivera Farfán, “La diáspora religiosa en Chiapas. Notas para su estudio”, en Revista Académica para el Estudio de las Religiones, 1998.
4 Elio Masferrer, “La configuración del campo religioso después de Acteal”, en Revista Académica para el Estudio de las Religiones, 1998.
5 Scherezada López Marroquín, “Breve historia de las rebeliones indígenas en Chiapas”, Trabajadores [revista de la Universidad Obrera de México], vol. 60, mayo-junio de 2007, pp. 25-28).

Foto: Reuters

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