La ciudad de la esperanza

Primer infierno: Ustedes los Ricos

“Kalimán y Zobek están muertos, desgraciadamente. Hubieran sido la salvación, la alternativa para los mexicanos”.

Rockdrigo González

Glorietas y camellones reducidos a lo mínimo, banquetas y plazas ocupadas por kioscos desmontables para venta de mercancía ilegal, puentes peatonales que casi nadie utiliza, automovilistas que excepcionalmente ceden el paso a los peatones, camioncitos de reparto de leche habilitados como el principal medio de transporte público, autobuses y trolebuses “en contrasentido”, vehículos de más de tres ejes que transitan por calles céntricas a cualquier hora, millares de topes y baches, multitud de gigantescos anuncios publicitarios, postes y bardas atascados de propaganda de políticos que gustan de exhibir sus rostros, patrullas y policías por todos lados, y, sobre todo, un tráfico infernal.

Eso puede ser, por evidente, lo más característico de la Ciudad de México para quien la visita por primera vez y proviene de algún lugar en donde no impere el absurdo, la incivilidad y la ilegalidad. Por ejemplo, en una entrevista a un futbolista argentino de Cruz Azul de reciente ingreso al club, a la pregunta de qué le ha parecido México o qué le ha llamado la atención, en vez de la obligada respuesta diplomática: “la riqueza de su cultura y la hospitalidad de su gente”, dijo que “el tráfico”, es decir, la aglomeración o congestionamiento de vehículos automotores durante su tránsito de un sitio a otro de la ciudad. En efecto, el tráfico, es de tal magnitud que le llama la atención a alguien que proviene de Buenos Aires, ciudad de extensión territorial y magnitud poblacional equivalente a la de la Zona Metropolitana del Valle de México (suma del Distrito Federal y los municipios conurbados), pero no por ello esquizofrénica.

¿Por qué esquizofrénica? En horas pico el promedio de velocidad de tránsito vehicular no llega a quince kilómetros por hora —doce o trece, frecuentemente—, de modo que quien viva a una distancia de veinte kilómetros de su trabajo, por ejemplo, deberá manejar su automóvil durante no menos una hora y media.[1] O deberá disputarse con decenas de demandantes la posibilidad de entrar a un transporte público en el que muy incómodamente tardará más o menos lo mismo para llegar a su destino. Aunque se puede caminar a una velocidad cercana a nueve kilómetros por hora (dependiendo, desde luego, de la condición física de cada quien), por distintos motivos son pocos quienes optan por ello, cuando podrían resolverse así los traslados a distancias cortas: dos kilómetros en dieciocho minutos o tres en veintisiete, por ejemplo.

Como consecuencia, desde hace algunos años se ve a algunos automovilistas marchar pausadamente de metro en metro, que desde la ventanilla se proveen de cócteles de fruta, jugo de naranja, café o churros para desayunar, que compran a vendedores que van y vienen caminando entre los carriles que supuestamente son de alta velocidad, mientras además alternan entre sus manos el volante, el teléfono celular, el nudo de la corbata o el rizador de pestañas. La tendencia sólo puede ser a que esto se agrave, de modo que algunos lleguen a desayunar, comer y cenar a bordo de sus coches y se efectúen cada vez más actividades que se suponen propias de otros espacios.

Asimismo, la bicicleta es un medio de transporte en el que se puede ir a treinta kilómetros por hora —el doble que en automóvil en horas pico—, pero, dada la incivilidad predominante, se corre el alto riesgo de sufrir un atropellamiento. Ésa es seguramente una de las causas por las cuales se ve a tan poca gente que haga uso de ella y de la motoneta, pero también se debe al desprecio a esa posibilidad tan acendrado en nuestra virreinaloide cultura, en la que el automóvil tiene un valor simbólico que —real o imaginariamente— manifiesta el estatus socioeconómico de su propietario, como cuando el número de corceles que tiraban de un carruaje manifestaba la alcurnia de sus pasajeros.

Por eso las clases medias consideran a la bicicleta como un medio de transporte exclusivo para el lumpen que —a diferencia de ellas— no tiene dinero ni crédito para adquirir un coche. En esta mentalidad no cabe la posibilidad de que alguien con solvencia para comprar un coche no lo haga —aunque sea un Atos o un vochito viejo— ni que algún rico no tenga varios vehículos de lujo o utilice el transporte público. Si en China o Cuba andan en bicicleta, seguramente es porque son comunistas; si en Europa, ha de ser porque allá así se usa. Para las clases altas, por su parte, la bicicleta sólo puede ser considerada para fines deportivos o recreativos, prácticas a realizar, por lo general, en clubes privados o paseos campestres.

En efecto, el culto al automóvil como símbolo de estatus social es uno de los más arraigados en la idiosincrasia chilanga. Esto se manifiesta en imágenes como las siguientes:

  • Sujetos que se regodean lavando sus coches durante horas, como si fuera una experiencia sublime, mientras ostentan la potencia de las bocinas de sus autoestereos y ridículos accesorios supuestamente decorativos.
  • Habitantes de unidades del Infonavit y similares con camionetotas y carrazos más caros que sus cuchitriles, gracias a los cuales sienten que sobresalen de entre sus vecinos —síndrome de Doña Florinda— y pueden verse tan importantes y respetables como el que más cuando van en ellos por la ciudad.
  • Pobres diablos que se sienten los amos del universo y le faltan al respeto a todo mundo, con la seguridad que les da tripular un camión de carga o pasajeros, o que violan todas las reglas de tránsito porque van en una camioneta blindada de transporte de valores y armados con escopetas.
  • Señoras que van en coche a establecimientos comerciales a dos o tres cuadras de sus casas.
  • Los formatos de solicitud de empleo, que incluyen una sección en la que el aspirante debe anotar la marca y modelo de su coche (como si tuviera alguna relación con su capacidad o el perfil requerido para el puesto).
  • Cajeros automáticos diseñados para retirar dinero desde la ventanilla del coche, o la agencia de anuncios clasificados de El Universal que toman la orden y cobran como en el Automac de McDonald´s, o los centros de pago de recibos telefónicos exclusivos para automovilistas.
  • La caravana presidencial de seis camionetas y varias motocicletas (ni una menos que la de George Bush, tengo entendido).
  • Vehículos de lujo con escoltas armados, que cierran el paso agresivamente a todo mundo, como si hiciera falta probar que no somos iguales.
  • Espacios de estacionamiento reservados para gente importante en edificios públicos y privados.
  • La disposición a pagar precios carísimos por pensión vehicular y estacionamiento, así como cuotas a chantajistas que cobran por aparcarse en calles apartadas por ellos.
  • Algunos tramos ferroviarios que aún no han sido cubiertos por asfalto, los cuales dan cuenta de que antaño el tranvía fue un importante transporte público, y no solamente una ilusión cinematográfica de Buñuel. Al chilango no le causa extrañeza ni le llama la atención que haya topes sobre inútiles vías. Eso sí es surrealista.

De acuerdo con esas imágenes, si el automóvil es el símbolo de distinción, lo es también porque es el medio para el ejercicio de la prepotencia, el abuso, la fanfarronería y la fodonguez. Por eso la cualidad más reconocida a Andrés Manuel López Obrador como prueba de su humildad como jefe de Gobierno y candidato a la Presidencia, no es que viva en un departamento modesto de la unidad habitacional de Copilco, sino que ande en un Tsuru (o Sentra) habiendo podido tener un Hummer oficial para su seguridad sin que nadie se lo hubiese recriminado.

Esto se debe a que en nuestra guadalupana y pedroinfantezca cultura, le damos más importancia al nacimiento de Cristo que a su pasión, muerte y resurrección. Es decir, cruces cargamos todos. Eso no tiene nada de extraordinario ni es prueba de divinidad; pero nacer voluntariamente en la pobreza quien es rey de reyes, eso sí es admirable, sólo Dios podría hacer algo así. De modo que si Andrés Manuel tuvo como vehículo oficial  un Tsuru conducido por quien fuera su bien remunerado jefe de logística (no chofer), solamente puede ser la bondad encarnada, alguien moralmente superior a los mortales. Si entre los apóstoles hubo uno que traicionó al mesías por cuarenta fichas de casino, no es extraño que un Ponce o un Bejarano hayan sido tentados por malévolas fuerzas innombrables que quieren robarnos la esperanza. Que Andrés Manuel vaya y venga en un Tsuru —el carruaje de Juárez reencarnado—, basta para creerle que no sabía nada de la corrupción de sus secretarios.[2]

No obstante tanta austeridad republicana, populistas y neoliberales han coincidido en políticas y obras públicas en la Zona Metropolitana del Valle de México que promueven un tipo de desarrollo urbano que fomenta el uso de vehículos particulares, y no para constituir una red de transporte público de calidad, lo cual se concreta desde los ejes viales de Miguel de la Madrid a los distribuidores de López Obrador (segundos pisos), pasando por la construcción del Periférico Oriente, la extinción de los autobuses de Ruta 100, el pésimo servicio del Metro con innumerables pausas que tanto retardan e incomodan los traslados, y la eliminación de las pocas y pequeñas calles peatonales (como Palma, en el Centro).

Quizá esto se ha debido a los ingresos que de ello resultan para las finanzas públicas de los gobiernos federal y local: ivas, isanes, tenencias,[3] verificaciones, renaves, parquímetros, gasolina carísima (y expedida en menor cantidad a lo cobrado), multas (una grúa se paga en tres o cuatro meses) y, siendo sospechosista, acaso también por las ganancias que se obtienen por tranzas que se realizan al amparo de autoridades deshonestas para acreditar los numerosos trámites relativos a emplacamiento, tarjeta de circulación, licencia, cambio de propietario, concesiones de centros de verificación (con talleres que garantizan la aprobación), y tantos otros para permisionarios de taxis y microbuses como la revista.

Una cultura que valora tanto la posesión del automóvil como símbolo de estatus más que como un medio de transporte rápido, seguro y cómodo, es la expresión de una sociedad profunda y abiertamente discriminatoria por motivos económicos (dinero y propiedades), sociales (herencia y pertenencia) y culturales (estilos de vida y medios de distinción). Si a ello se añade que los enganches para adquirir autos nuevos se han reducido muchísimo y los requisitos para su aprobación son mínimos, el resultado es que en el territorio del Distrito Federal se compran más coches que el total de nacimientos que se registran al año. Con razón Demetrio Sodi dice: “si seguimos apostando al uso del vehículo, pronto tendremos que pensar en el tercero y cuarto piso [del Periférico]”.[4]

Segundo infierno: Escuela de Rateros

“Este es un asalto chiro,

saquen las carteras ya.

Bájense los pantalones,

pues los vamos a basculear”.

 

Asalto Chido (fragmento)

Rockdrigo González

A la desigualdad económica se le sobrepone ahora una lamentable igualdad: la de la vulnerabilidad ante el crimen y la rabia motivada por la impunidad. Los ricos ya no están a salvo en sus ínsulas de calles cerradas al paso del vulgo y resguardadas por seguridad privada. Mientras que los pobres sufren ahora delitos que antaño se consideraba que les eran ajenos, pues ya se dan casos de secuestro por los que se piden bolsas de mandado (del super) o cantidades pequeñas de dinero.

Los días de carteristas entrenados para operar sutilmente pasaron hace años. Ladrones de antifaz que entraban a los domicilios silenciosamente en la noche a robar son una imagen literaria. Ya no hay tampoco ladrones de autoestereos (¿para qué, si se los roban con todo y coches?). Los delincuentes ya no se esconden y sienten irresistible atracción por quien tiene apariencia de ser extranjero.[5] Todo crimen lleva sin excepción la expresión cruda de la violencia garantizada por el poder de las armas y la impunidad para su realización. Cuando parece que la capacidad de asombro puede agotarse, siempre llega un crimen que amplía ese límite.

Con frecuencia suele oírse decir que los cuerpos policiacos han sido rebasados por la delincuencia organizada, porque sus elementos tienen escasa preparación y capacidad, inferioridad en cuanto a armamento y sus salarios son bajos. Pero, ¿no será que en realidad se dejan rebasar? Por los siguientes ejemplos puede pensarse que hay elementos policiacos que se benefician de las actividades de las bandas delictivas, cuando no son quienes las operan directa o indirectamente:

  • Hay policías que no sólo conocen quiénes son y dónde están los criminales, sino que además tienen comunicación constante con ellos para encubrirlos a cambio de dinero, como relató el líder de la banda de “Los Montante”, famosos por haber secuestrado a las hermanas de Thalía y al entrenador Rubén Omar Romano. En realidad ya no secuestraban para obtener dinero para su propio beneficio, sino para pagar extorsiones a policías. Entre otros detalles, contó que pagó 700 mil pesos para que dejaran que su hermano se fugara de la cárcel.
  • Quienes causaron la muerte de la actriz Mariana Levy fueron detenidos antes de 24 horas en su domicilio y presentados ante el Ministerio Público, como si los policías responsables de su captura hubieran sabido previamente dónde encontrarlos.
  • A pocas horas de su robo, fue recuperada sin daño alguno la camioneta de la señora madre del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, como si los delincuentes hubieran cometido el error de robar a quien no debían y hubiesen sido notificados de ello.
  • Tras su detención, la famosa “Mataviejitas”, manifestó que tiempo atrás había sido detenida por agentes judiciales, quienes le solicitaron dinero para dejarla en libertad.[6]
  • La amplia oferta en la vía pública de productos procedentes principalmente de China es necesariamente el resultado de que hay servidores públicos que han permitido su introducción al territorio nacional, su tránsito y almacenamiento antes de que lleguen a las manos del vendedor callejero. No puede ser desconocido para las autoridades federales y capitalinas que todos los días llegan trailers llenos de contrabando a Tepito y al mercado de San Felipe durante la madrugada.

Por lo expuesto, no en balde puede afirmarse que la corrupción es condición necesaria para la proliferación y persistencia de la delincuencia organizada y es proporcional a su magnitud. No es casualidad que en los países menos corruptos no hay secuestros.

La corrupción no es solamente de las autoridades, es la médula misma de la manera de ser chilanga. Es ser tranza como un estilo de vida. Todo lo que en primera instancia pueda pensarse que es robable es poco ante lo que algunos —más por ingenuos que por honradez— no alcanzamos a imaginar: no se pueden poner botes de basura en la calle porque se los roban, así como hay especialistas en el hurto de tapas de coladeras y arbotantes. A ello se suma la proclividad compulsiva al daño de lo público (expresión de la mentalidad “lo que es de todos, no es de nadie” y “si no es mío, que no sea de nadie”), así como el robo menor de escaso beneficio con meros fines vandálicos —bien caracterizada en ese personaje de Héctor Suárez, “El Destroyer”—, que no permite que haya directorios telefónicos en las casetas en vía pública, que las propias casetas telefónicas tengan que estar semiacorazadas para que no las destruyan o se roben el teléfono, que deteriora el transporte colectivo, y que rompe, ensucia, deja inservible o con pésimo aspecto todo lo que se pueda. O la llana irresponsabilidad que da lugar a inundaciones causadas por coladeras tapadas con envases de refresco llenos de orines.

Tercer infierno: Los Olvidados

“Te vas por la calle

y al llegar la noche

no sabes ya nada más de ti.

En ese continuo lo mismo

que siempre te espera antes de dormir

y empezar otra vez”.

Susana de la mañana (fragmento)

Rockdrigo Ronzález

Los hallazgos que se exhiben del Templo Mayor evidencian que Teochtitlan no fue la gran ciudad que nos muestra la maqueta del Museo de Antropología, o de la que nos habla la historia oficial de los libros de texto o que nos quieren hacer creer las narraciones etnocentristas más cándidas: unos cuantos edificios de pequeñas dimensiones con acabados modestos y bastante rústicos.[7] Poca cosa en los albores del siglo XVI; apenas capital de un imperio balín (ya tercermundista y subdesarrollada desde entonces), tigre de papel que sucumbió ante un puñado de españoles armados con unos cuantos cañones y mucha ambición. Las cosas no han cambiado mucho desde entonces: fatalmente, esta es una ciudad de muchos perdedores y pocos triunfadores.

Así como se habla de países-continente, como India o Brasil, parece que hoy en día Zona Metropolitana del Valle de México es una especie de microcontinente, que va de las dunas de Chalco —donde a simple vista hay más perros callejeros que personas— a la boscosa Cuajimalpa; o de los maizales y magueyales de la rural Milpa Alta a los escabrosos peñascos de Ecatepec en donde lo único que no es gris es un solitario anuncio publicitario. Un valle donde las miserias se multiplican a lo largo y ancho de toda su extensión:

  • Las montañas que circundan el Valle de México están pobladas hasta las cumbres con viviendas edificadas improvisadamente,[8] a las que se asciende por escaleras kilométricas y por cuyas callejuelas escurre el drenaje o fugas de tuberías.
  • Todo resquicio abandonado ha sido convertido —más allá de los alardes presidenciales— en infames viviendas: minas,  vagones de tren, terrenos baldíos, tumbas, edificios en riesgo de derrumbe o de plano ruinas.
  • Los espacios públicos han sido ocupados como lotes de asentamientos infrahumanos: campamentos y ciudades perdidas levantados en zonas de reserva ecológica, casas de campaña armadas en parques públicos o sobre banquetas, vías de tren que sirven como terrenos para edificar chozas,
  • Hay más de catorce mil menores “en situación de calle”, casi todos inhalando solventes y algunos crack.
  • Diez mil pepenadores viven dentro de los tiraderos de basura, donde nacen, crecen, se reproducen y mueren sin salir nunca de allí.
  • Quinientos mil vendedores en la vía pública es el ejército postindustrial de la era librecambista que mantiene la única economía de sobrevivencia para la mayoría: la informal.[9]
  • Se consume por habitante casi el doble de agua que en los países europeos. La tercera parte de ella se desperdicia por fugas de tuberías dañadas mientras en Iztapalapa hay decenas de miles de viviendas que carecen de ella. Es el resultado del dispendio de unos y de un gobierno que construye segundos pisos en vez de un acueducto.[10]
  • Hay toneladas del producto de la defecación canina y humana en la vía pública, a lo que alguna figura poética declama que si esas excreciones fuesen fluorescentes, al volatizarse podrían iluminar la ciudad durante la noche.
  • Quien dio de beber mierda a sus clientelas políticas (no es metáfora), pasará a la historia como el jefe delegacional que taló parte del camellón de la avenida que lleva el nombre del padre del árbol, Miguel Ángel de Quevedo, para erigir allí esperpentos escultóricos que dan testimonio de la miseria de su cultura.

Donde la justicia social es metafísica pura, el Metro es un escaparate de desgracias: repleto de personas notoriamente sucias y malolientes; muchos con evidentes malformaciones, defectos físicos, enfermos de sus facultades mentales y físicas, lacra multitudinaria de un sistema de seguridad social que no da la atención y los servicios mínimos que demanda la dignidad humana; con andenes y vagones que recorren limosneros de todo tipo, niños faquires que se arrojan sobre vidrios, “adultos mayores” desamparados, saldos todos ellos de “programas sociales” de gobiernos neoliberales y populistas, que parecen no atender a quienes no son susceptibles de llevar a votar por carecer de domicilio y credencial de elector.

En la ciudad de las honrosas derrotas, del ya merito, del ai pa´ la otra, del ya ni modo, del sí se puede[11] y del lástima Margarito, todas las noches miles de microbuses llevan de regreso a sus viviendas a ejércitos de perdedores; rostros deprimidos de gente fastidiada por largas y deplorables jornadas de mal pagado trabajo o de su búsqueda, apesadumbrados por la incomodidad y la tardanza, atemorizados de perder la vida en una bala perdida por culpa de algún idiota que se oponga a que le roben un reloj de plástico o un teléfono con jueguitos. Y, por si fuera poco, a veces soportar los malos tratos de algún operador del volante malhumorado.

Si no salvamos esta ciudad, ¿a dónde nos vamos?, plantea Sodi. Tal vez tenemos la idea, parafraseando a Lipovetsky, que este es el peor de los escenarios con excepción de todos los demás. Semejante situación favorece la búsqueda de soluciones sobrenaturales, volcada a devociones emergentes como a la Santa Muerte y la afiliación a rebaños conducidos por pastores que crean la expectativa de alivio. Coloque usted una manta que diga: “pare de sufrir” y en pocas horas tendrá un sitio amplio repleto de gente dispuesta a dar lo poco que tiene. La fórmula es parecida a la de políticos mesiánicos que se presentan como la esperanza encarnada. Bienaventurados los pobres porque los programas sociales serán de ellos.


[1] El comunicador Víctor Trujillo comentó, durante la transmisión del noticiero que condujo el 31 de enero, que él tarda una hora y cuarto para trasladarse en su vehículo a una distancia de cinco kilómetros.

[2] Durante su campaña presidencial López Obrador ha reiterado su promesa de acabar con los privilegios de los altos mandos de los poderes de la Federación, pero ¿por qué no lo hizo así con los del Distrito Federal mientras fue jefe de Gobierno, con una mayoría de diputados de su partido en la Asamblea que hubiera podido aprobar cualquier iniciativa de ley que con ese objeto presentase, así como los artículos específicos para ello en el capítulo relativo a la austeridad del gasto en los decretos de presupuesto? Se destaca mucho su modestia porque ha vivido en un departamentito, pero durante la campaña a la Presidencia se hospeda en suites presidenciales de los hoteles más lujosos, como cuando fue a la ciudad de Colima, donde ocupó con diferencia de pocas horas la misma que su paisano y ex compañero de partido Roberto Madrazo.

[3] El impuesto llamado tenencia se creó para financiar los gastos de las Olimpiadas de 1968. ¿Quién iba a objetar tan fraternal propósito?

Pasaron olimpiadas y mundiales y no se quitó. Actualmente es una de las principales fuentes de ingresos para el Gobierno del Distrito Federal, que sensible y solidario permite pagarlo en “seis meses sin intereses”.

[4] “En el Distrito Federal se mueven diariamente aproximadamente tres millones de vehículos. Sólo particulares se tienen registrados más de un millón 900 mil. Luego, al sumar transporte de carga, de pasajeros y de otros servicios, la cifra supera los 2.4 millones, y si se añaden unos 800 mil de todo tipo que entran y salen de los municipios conurbados a la capital, a finales de 2003 la estimación rebasó los 3.2 millones de automotores”. Secretaría de Transportes y Vialidad del Distrito Federal, “El transporte factor de cohesión social” en http://www.setravi.df.gob.mx

[5] Un ejemplo, entre muchos posibles, es el de una ciudadana japonesa asesinada en el interior del departamento de su esposo en Tlatelolco. Por su fisonomía y oírla hablar una lengua extranjera, los criminales los siguieron, entraron por la fuerza al domicilio, sometieron al marido y a ella la mataron por gritar. El botín fue un teclado de computadora y algunos discos compactos.

[6] El procurador capitalino, por supuesto, desestimó esa declaración por carecer de pruebas. Sí, el mismo procurador que meses antes declaró que esta asesina seguramente se había suicidado. El mismo que dirige saludos al subcomandante Marcos y que ha propuesto la legalización del consumo de drogas dentro de los reclusorios.

[7] Basta compararlo con el altar a Zeus de Pérgamo, que data de dos siglos antes de nuestra era (¡1,700 años más antiguo!), por plantear un solo ejemplo.

[8] Sin embargo, desde hace años la Ciudad de México ya no es el gran polo de atracción a la inmigración proveniente de distintas regiones del país, sino que es una entidad más de la que parten emigrantes a Estados Unidos, según muestran los flujogramas elaborados por el INEGI sobre este tema.

[9] El consumo cultural se efectúa mayoritariamente en los hogares: televisión abierta (Televisa y TV Azteca), radio (con muchas opciones), así como las películas y fonogramas que se obtienen gracias a la inmensa oferta de discos copiados (clonados, dicen ahora) y puestos a la venta de manera ilegal en la vía pública.

[10] El máximo logro de una diputada local fue que se aprobara la condonación del pago de recibo de agua a los residentes de esa zona, con el argumento —cierto— de que les estaban cobrando por un servicio que no reciben.

[11] La multipremiada publicista Ana María Olabuenaga, a una pregunta de la periodista Katia D´Artigues, respondió algo así: “en el Santiago Bernabeu nunca he oído que le griten al Real Madrid que sí se puede”. El sentido del comentario es que sólo el que no puede dice “sí se puede”. Una porra de perdedores.

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