La era del malestar. Nota sobre Santiago de Chile y Bachelet

“Votar por el menos malo” era una de las recomendaciones o propuestas de quienes consideraron inadecuada la anulación del voto para manifestar inconformidad respecto a los candidatos y los partidos que contendieron en la reciente elección del 5 de julio. Cuando la opción es entre los malos, el peor o ninguno, seguro que algo no marcha bien. Al respecto, hay dos noticias, una mala y otra peor. La mala es que no se trata de un problema exclusivo de México, sino que tiene una dimensión más o menos mundial. La peor es que esto no va a cambiar a corto plazo, sino que sólo podrá superarse mediante progresivas reformas institucionales. ¿Bienvenidos? A la era del mal-estar.

En torno al tema del malestar global, dos mil investigadores en ciencias políticas y sociales se reunieron en Santiago de Chile, del 14 al 16 de julio, para discutir sobre él y tratar de explicarlo. Los hechos muestran que la crisis económica mundial ha venido a endurecer las críticas a la calidad de la democracia, a cuestionar su rendimiento y sus resultados, que aparecen como deficitarios respecto a las expectativas de la ciudadanía, inclusive en los países políticamente y económicamente más desarrollados.

En el marco del XXI Congreso Mundial de Ciencia Política, Phillippe Schmitter, de la Universidad de Florencia, consideró que los países “solamente podrán mejorar sus instituciones y prácticas democráticas a través de reformas parciales y graduales. Éstas tendrán que ser diseñadas, aprobadas e implementadas de acuerdo con normas e instituciones ya existentes”. La perspectiva es alentadora, sobre todo si consideramos que en el pasado la mayoría de los avances de las instituciones democráticas se dieron junto con guerras internacionales, revoluciones nacionales o conflictos civiles.

Si hace nueve años en México la alternancia en el gobierno con un partido distinto despertaba la ilusión de cambios invariablemente positivos hacia el desarrollo político y económico de la mano de un presidente con un enorme bono de legitimidad, hoy crece el desanimo por los procesos electorales y el hartazgo por las campañas y la partidocracia, sobre todo porque evaluamos a nuestros dirigentes políticos con los mismos niveles de exigencia que con que se hace a los mejores del mundo.

Pero si vemos de manera comparada el proceso de la transición mexicana, podemos advertir, de acuerdo con Schmitter, que ésta, como la mayoría de las democracias, aunque pudieran estar mostrando “síntomas mórbidos”, no enfrenta “ni el colapso interno ni la conquista externa”. Ninguno de los contendientes o actores políticos o sociales puede invocar plausiblemente la posibilidad de una guerra, revolución o rebelión para convencer a las clases sociales establecidas en la sociedad de la necesidad de apoyar sus innovaciones. Esto significa que existe una ventana muy estrecha para introducir reformas significativas. Tienen que ser escogidas con cautela, introducidas gradualmente y promovidas con mucha destreza.

Durante su participación como conferenciante, la presidenta de Chile, Michelle Bachelet celebró las decisiones que su gobierno ha tomado ante la crisis: “nuestra experiencia indica entonces algo importante: que se puede ser popular sin ser populista”. Al respecto, destacó el programa de protección social impulsado por su administración y que hoy puede llevarse a cabo gracias a ahorros fiscales. Lo más importante de su discurso es la manera en que plantea el nuevo papel del Estado en cuanto a su responsabilidad: “un Estado activo, pero no intervención”. Esto quiere decir que la participación gubernamental se tiene que expresar por medio de un gasto público creciente, especialmente programas de educación, salud y bienestar, y no en aparatos burocráticos o de control sobre los ciudadanos.

Bachelet coincidió en que los países deben preocuparse por consolidar las instituciones y el imperio del derecho, fomentar la participación y asegurar que la democracia entregue a los ciudadanos “algunos mínimos sociales”. Nada puede garantizar que no se produzcan “procesos de involución”, por lo que se debe tener en cuenta la importancia de prevenir la aparición de “los virus que van erosionando el sistema inmunológico de la sociedad”, como el “clientelismo” y las diversas formas de demagogia.

Cuando uno observa a Chile en comparación con México, parece que su presidenta habla con razón y conocimiento de causa. Su discurso lo pronuncia en la Universidad de Chile, institución pública pulcra y ordenada, con infraestructura en espacios y tecnología más que suficientes para el óptimo rendimiento académico, en un ambiente sumamente propicio para el estudio y la investigación.

Santiago es una ciudad ordenada y segura. Sin notorios problemas de salud pública por obesidad entre la población, los peatones cruzan las calles en las esquinas y los automóviles invariablemente les ceden el paso. El transporte público funciona eficientemente. Puede uno andar durante horas sin ver una sola patrulla. “¿Para qué? Casi no hay delitos”. Las cámaras hacen labor de vigilancia y los carabineros no son corruptos. No hay escandalosa desigualdad. No hay una sola camioneta tipo van o crucero y son escasísimos los automóviles de lujo, inclusive en los barrios más adinerados. Hay escasísima mendicidad: no hay limpiaparabrisas ni menores en situación de calle consumiendo sus neuronas con solventes, no hay viene-vienes, no hay pedigüeños… La peor noticia es la de una familia que falleció por respirar monóxido de carbono en su domicilio, en tanto que en un diario la primera plana es sobre una donación múltiple para trasplante de órganos. ¿Se puede hablar de malestar sin síntomas de él? ¿De qué se quejan los chilenos?

Milenio Semanal, núm. 614, 27 de julio de 2009, pp. 44-46.

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Foto: AP

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