Monsiváis: La conciencia de México

La clave del éxito

¿Cómo puede alguien ingresar a la élite intelectual de México y luego llegar a la cima de ella? La clave está en tener las relaciones y méritos suficientes para capitalizar las oportunidades que para ello se presentan o se crean. En este caso, Carlos Monsiváis compartió los espacios idóneos con las personas convenientes, y contó con las cualidades necesarias para una carrera ascendente hasta llegar a la cima.

Cuando Monsiváis ingresó a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), en 1955, había aproximadamente un millón 400 mil jóvenes en edad de cursar educación superior, pero solamente 14 mil lo hacían, es decir, uno de cada 100, cuando hoy la proporción es uno de cada cuatro. En esa época, mientras él cursaba dos licenciaturas, cerca de 40 por ciento de los mayores de 15 años era analfabeta; su condición de universitario lo hacía de entrada un sujeto de élite en un país de desigualdades. Al paso de los años, gran parte de los egresados de entonces alcanzaron posiciones de liderazgo o de poder.

Carlos llegó a la educación superior por pertenecer a una familia de clase media con buen ánimo para apoyar su capacidad y gusto por el estudio. Asimismo, el que haya sido de religión protestante parece haber estimulado su afición a la lectura por dos vías: la Biblia fue el libro con el que aprendió a leer, y por otra parte, era víctima de maltrato por sus compañeros de escuela primaria precisamente por profesar una fe distinta, con lo cual tuvo desde temprano a los libros por juguetes y a la literatura como juego.

Siendo un púber de 13 años inició voluntariamente su socialización política como simpatizante del henriquismo (corriente opositora al candidato presidencial del PRI, Adolfo Ruiz Cortines, encabezada por el general Miguel Henríquez Guzmán) distribuyendo propaganda a su favor. En la preparatoria participaría tanto en protestas contra actos de represión del gobierno mexicano como en muestras de solidaridad con el gobierno guatemalteco depuesto en un golpe militar, iniciando así sus interrelaciones con líderes sindicales, de organizaciones estudiantiles y movimientos sociales de oposición. Luego, cursar simultáneamente dos carreras de nivel superior le permitió socializar con quienes tenían una vocación marcadamente política en la Escuela Nacional de Economía tanto como con los estudiantes de la Facultad de Filosofía, más orientados hacia la literatura. A partir de allí comienza Monsiváis a formar parte de las fuerzas básicas —como se dice en el futbol— de la intelectualidad mexicana, donde más o menos todos se conocían o reconocían entre sí. Ahí, en la UNAM, en esos años, se hizo amigo de quienes lo serían hasta su muerte: Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Cristina Pacheco, Elena Poniatowska (reportera del diario Excélsior en la sección de cultura, no universitaria) y varios más.

 

DE TALACHERO A REY DE LA TERTULIA

Después de su época estudiantil hubo espacios que fueron sumamente significativos para explicar el fenómeno Monsiváis: uno, las redacciones de las revistas y suplementos culturales más importantes del país y, el otro, El Ateneo de Angangueo, lugar de reunión organizado por Iván Restrepo. Monsiváis publicó su primer artículo en 1957, a la edad de 19 años, en la revista Medio Siglo, Expresión de los Estudiantes de la Facultad de Derecho. Ésta era una revista hecha por universitarios, que entonces era mucho decir, e importante si consideramos que era promovida por Mario de la Cueva y donde los de la generación previa a la del sabio de la colonia Portales comenzaron a publicar en 1953. Entre ellos estaban Carlos Fuentes, Mario Moya Palencia, Porfirio Muñoz Ledo, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, Rafael Ruiz Harrel y Salvador Elizondo. Desde un año antes Monsiváis había conseguido el puesto de secretario de redacción de esta revista, siéndolo simultáneamente de Estaciones, dirigida por Elías Nandino, en la que publicó su primer cuento. Con él entró a trabajar el entrañable José Emilio Pacheco. Su ingreso a la élite cultural se dio entonces a través de una función necesaria: el trabajo operativo, el que requería tanto los conocimientos como la dedicación y meticulosidad que las tareas de edición implicaban y que difícilmente tendrían disposición o interés en realizar escritores con una carrera lograda.

Durante la década de los sesenta Carlos obtuvo múltiples becas y fue publicado en varios diarios y revistas, en todos los cuales contaba con amigos que apreciaban como valiosas sus colaboraciones. Luego dirigiría en la revista Siempre!, el suplemento La cultura en México, desde 1972 hasta 1987. José Emilio fue su jefe de redacción durante nueve años, y él precisa así la función que Monsi desempeñaba: “Hice la talacha anónima de las notas y las traducciones aunque me autopubliqué muy pocas veces… fuimos la primera generación que intentó vivir sólo de su trabajo sin ocupar ningún puesto administrativo”, en contraste con los intelectuales que, entonces y ahora, desempeñaban cargos en la función pública o contaban con plazas en la academia.

Sobre la faceta editorial de Monsiváis, Gerardo Estrada relata cómo su amistad con él fue motivada en buena medida por haber sido “su constante y fiel lector desde que era estudiante”, por lo que le reconoce una inmensa “deuda intelectual y personal”, así como porque “fue generoso” y acogió sus primeros textos en este suplemento, “y desde entonces no dejó de reprocharme mi pereza para escribir”. Años después diría que Carlos “fue sin duda alguna el mejor y más crítico asesor en mi estancia en mis cargos públicos”, especialmente como director del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y como coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, “casi siempre en una mesa de amigos, normalmente uno o dos sábados al mes, en el restaurante Bellinghausen de la Zona Rosa” (El Universal, 20 de junio de 2010). Como hacen los políticos, el cultivo telefónico de las amistades era una tarea cotidiana de Carlos Monsiváis.

No se puede omitir la importancia entonces de los lugares de reunión entre notables, herencia de los salons franceses, a los que se accedía sólo por invitación. El ingreso a estos sitios va marcando la diferencia entre ligas menores y mayores. Por ejemplo, el economista Iván Restrepo solía hacer reuniones en su casa los jueves, a las que llamaba El Ateneo de Angangueo, nombre del pueblo natal en Michoacán del periodista Manuel Buendía. Los convidados eran Julio Scherer, Miguel Ángel Granados Chapa, Margo Su, Fernando Benítez, Enrique Flores Cano, León García Soler, José Carreño Carlón, Héctor Aguilar Camín, Elena Poniatowska, y, por supuesto, Carlos Monsiváis. La escritora Guadalupe Loaeza relata su impresión de la primera vez que asistió a una de estas tertulias, con lo que nos deja ver una cualidad más, el carisma, que posiblemente diferencie a Monsiváis positivamente de muchos otros llamados intelectuales: “Monsi siempre era el centro de las comidas… fosforecía por sus conocimientos, por su sentido del humor, por su memoria y por su capacidad para imitar… Todos lo celebrábamos y le aplaudíamos” (Reforma, 22 de junio de 2010).

 

ESTILO Y PERSUASIÓN

Todo lo anterior no bastaría para explicar esta historia de éxito si no se destacasen dos grandes méritos: originalidad e innovación. El primero se refiere al reconocimiento de un estilo propio que logró caracterizarlo singularmente, al haber llevado Monsiváis la ironía al grado de maestría. Su columna política era de redacción complicada, abigarrada, pero de ideas sencillas y consistentes a lo largo de las décadas, fácilmente reconocibles y simpáticas para quienes gravitan alrededor del llamado por la justicia social: los políticos priistas son corruptos y dicen muchas estupideces, los políticos panistas son mochos e ignorantes y los obispos católicos son retrógradas. En suma, La Derecha tiene la culpa de todo lo malo —tanto de la pobreza como del hábito de ver televisión— y sólo La Izquierda tiene la calidad moral asistida por la razón para hacer el bien. En contraste, Octavio Paz y Carlos Fuentes se desgastaban en explicar la complejidad de largos procesos entre figuras retóricas como ogros o relojes de arena invertidos. Para ellos El Pueblo está traumado o tiene problemas de identidad, pero en las crónicas de Monsiváis aparece siempre —con todo su folclor resplandeciente—, como bueno, ingenioso y pachanguero, retratando de manera divertida a sus íconos y prácticas culturales, por lo general concentrado en la populosa capital, en los lugares más comunes de lo chilango y lejos de las regiones y diversidades del país. Desde la autobiografía de sus mocedades (a los 28 años) había proclamado ya su “intolerable afición al DF”. Su obra se caracteriza porque, en un país tan centralizado, la fenomenología de la capital es supuesta como tratado nacional.

El segundo mérito del cronista es el de haber obtenido el reconocimiento público como introductor de nuevas racionalidades de la política, de poner temas en la agenda pública a partir de la afirmación de la tolerancia y la diversidad como valores, del impulso de causas que con el tiempo fueron cobrando legitimidad e incluso de la difusión de una jerga particular a su discurso, lo que en conjunto fue constituyendo para muchos jóvenes —y no tan jóvenes— mexicanos el paradigma de la corrección política. Aunque no haya sido el primero ni el único en hacerlo, su visibilidad multimediática le permitió ponerse a la cabeza de la opinión pública: el gran logro de Monsiváis fue el de establecer con simpleza, claridad y contundencia los campos contrapuestos de lo correcto y lo incorrecto en un país poco dado al análisis de lo complejo. A su favor puede considerarse que su oposición al gobierno fue siempre dentro del marco de la ley, y que nunca promovió medios que implicaran la violencia para el cambio.

El fallecimiento de Paz y las prolongadas estancias fuera del país de Fuentes despejaron en la opinión pública a las figuras de una estatura intelectual similar o superior, a lo que se sumó un convenio de voluntades y emociones entre sus amigos más influyentes para proclamar la preminencia del maestro Monsiváis como La Conciencia de México.

EN LA ÉLITE DE LA CULTURA

Monsiváis ocupó el lugar número 14 en la lista de “Los 50 personajes que mueven a México”, publicada por la revista Quién en 2009 y de la autoría de un jurado que se basó en los siguientes criterios: relevancia en la sociedad, trayectoria y popularidad durante el año previo. En el libro Televisa presenta (2006) en el que la fábrica de sueños conmemora su quincuagésimo aniversario, el retrato de Monsiváis figura entre los de quienes han sido los más representativos de la televisora, como Chabelo y Chespirito.

El punto es que su visibilidad está directamente relacionada con el reconocimiento público a su preeminencia como el intelectual número uno, un supermán de la intelectualidad. En la carrera al éxito es más importante lo que se dice y hace fuera de los libros que lo que se escribe en ellos. A fin de cuentas son pocos quienes los van a leer, menos los que leerán otros y cuenten con la formación o educación para compararlos con los de otros autores, y muchísimos menos quienes puedan hacer una crítica que logre transcender sin ser descalificada. Sea en México o en Estados Unidos, está empírica y cualitativamente demostrado (por el investigador Charles Kadushin, entre otros), que hay una correlación entre el  reconocimiento a la prominencia de un autor como intelectual y la cantidad de veces que es publicado en las revistas más importantes.

José Emilio Pacheco plantea que: “se habla de una elite cerradísima. De haber sido así jamás hubiéramos hallado oportunidad alguna Monsiváis y yo (Pitol se marchó a Europa), simples estudiantes de clase media que no teníamos apoyo alguno ni pertenecíamos a familias poderosas. Pero la justificación final está en los libros: medio siglo después seguimos leyendo Piedra de sol y La región más transparente, como seguiremos leyendo a Carlos Monsiváis y a Sergio Pitol”. El punto es que no es ni fue una élite cerradísima, sino abierta a quien cuente con suficientes méritos. Él mismo lo dice: “la justificación final está en los libros”. Pero los libros por sí mismos no bastan. Supongamos que hay una decena de escritores excelentes, pues el que sea publicado por una editorial con mayor distribución y que cuente con más difusión destacará más que los otros. Luego su nombre será el más conocido de entre ellos y eso redituará en que pueda tener más y mejores oportunidades para acumular prestigio.

Los méritos y cualidades no literarias que favorecieron la carrera de Monsiváis para llegar a ser el intelectual número uno, pueden puntualizarse en los siguientes:

Factores de ingreso a la élite intelectual

-Afición a la lectura muy temprana (en la infancia).

-Socialización política temprana (en la adolescencia).

-Clase media (sustento familiar para realizar estudios superiores).

-Residencia en la Ciudad de México.

-Estudiante de la universidad más importante (en dos carreras).

-Red de amistades amplia y sólida (capital social).

-Inteligencia y conocimientos superiores a los de sus pares (reconocidos por ellos).

-Carisma (sentido del humor).

-Publicaciones y empleos en las revistas y suplementos culturales más importantes.

-Buena fortuna.

Factores de ascenso en la élite intelectual

-Originalidad (estilo propio).

-Ascenso de su red de amistades a posiciones importantes.

-Presencia constante en medios de comunicación (visibilidad y fama).

-Capacidad de introducir nuevos valores y temas en la agenda pública (persuasión).

-Oposición legal y legítima al gobierno.

-Acumulación de premios (prestigio).

-Escasa competencia.

-Acuerdo entre los más influyentes sobre su liderazgo (representatividad).

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