Población mundial, ¿calidad de vida en una sociedad de viejos y migrantes?

Una prospectiva del desarrollo mexicano: un país altamente urbanizado y con más de 112 millones de personas pero con 185 mil comunidades de menos de dos mil 500 habitantes. Un país de ingreso medio pero de profunda desigualdad.

(Publicado en Milenio Semanal, núm. 731, 7 de noviembre de 2011

La población humana mundial ha rebasado la cantidad de siete mil millones y la tendencia indica que aumentará a nueve mil 300 hacia la mitad de este siglo.* ¿Puede la Tierra sostener tanta población? ¿A qué costo? La experiencia de los últimos 50 años ha dado prueba de que la población se duplicó y que en promedio ha mejorado la calidad de vida; si bien de manera desigual, los índices de desarrollo humano nos muestran sociedades más educadas, que reciben más y mejor atención médica, que tienen más ingresos y menos inequidad por motivos de género. Sin embargo el futuro requerirá aumentar el consumo y el aprovechamiento de recursos naturales, muchos de los cuales son limitados o muy costosos.

La huella ecológica es la cantidad de tierra y agua que necesita una población para producir lo que consume, así como para absorber sus emisiones de gases de carbono. A partir de 1970 ha habido una extralimitación en la medida y son 10 los países causantes de la mayor parte de esta huella. China y Estados Unidos utilizan 21 y 24 por ciento de la biocapacidad planetaria, respectivamente, y una discusión importante es si el problema es porque hay demasiada gente o por el crecimiento del consumo per cápita: la población podrá dejar de aumentar pero el problema de la sustentabilidad (crecimiento económico sin agotamiento de los recursos naturales) no quedaría resuelto si aumenta el número de quienes se integran a los mercados como compradores de bienes como automóviles o productos desechables, por ejemplo.

Hasta hoy, la limitación de recursos naturales ha sido compensada o potencializada con recursos cognitivos: con el avance de la ciencia y sus aplicaciones tecnológicas, aunque sin políticas efectivas de control natal que permitan estabilizar el tamaño de la población no será posible que mejoren las condiciones de bienestar, o que no se deterioren, con el paso del tiempo. Ninguno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio —compromiso de los Estados miembros de las Naciones Unidas para superar la pobreza en el mundo, principalmente— podrá alcanzarse si no hay adelantos en la salud reproductiva. Los retos son, entre otros, la necesidad de emplear a un número creciente de jóvenes, el envejecimiento de una parte importante de la población, las demandas de servicios y otras que plantea la migración creciente, así como el hacer efectivos los derechos de las mujeres. Si hay esperanza en el porvenir, está ahí: en conciliar la justicia social y el desarrollo humano con el crecimiento económico sustentable.

UNA SOCIEDAD QUE ENVEJECE

Más que por una tasa de natalidad alta —familias de muchos hijos—, el crecimiento de la población resulta de la posibilidad de vivir más años que en el pasado, gracias al avance en los servicios de salud y atención médica, las tecnologías para la producción, almacenaje y distribución de alimentos a bajo costo, y al crecimiento de la economía en una proporción mayor a la de la población. Se logró así reducir la mortalidad infantil y materna, reducir las muertes por infecciones y enfermedades contagiosas y aumentar la expectativa de vida, es decir, la posibilidad de que más personas puedan llegar a la vejez. La cuestión ahora versa sobre la calidad de vida en estos años para las personas de mayor edad: está por conocerse cómo es vivir y qué implica una población con una proporción importante y creciente de ancianos. Las personas mayores de 60 años llegarán a ser más de la quinta parte del total de la población hacia la mitad del siglo y la manera en que cada país afronte el problema del envejecimiento determinará en buena medida el grado de prosperidad que logre alcanzar o mantener.

Necesariamente se tiene que gobernar distinto un país de jóvenes que de viejos: implica pensar de otro modo el desarrollo urbano, la construcción o adaptación de las viviendas, la prestación de los servicios médicos, la seguridad social y las políticas laborales en un mercado en el que se disputan las oportunidades individuos que tienen cada vez menos posibilidades de optar por el retiro.

UN MUNDO DE MIGRANTES

Como nunca antes, vivimos en un mundo de migrantes. Al menos 214 millones de personas residen en un país distinto al que nacieron. Hay 24 millones de indios viviendo fuera de su país y 35 millones de chinos, pero si consideramos que la población de México es de la décima parte de cualquiera de esas naciones, nuestro país es el que tiene a más de sus ciudadanos en el extranjero, puesto que oficialmente hay 11 millones y medio de mexicanos en Estados Unidos.

Hoy debe reconocerse que la migración es componente esencial e inevitable de la vida económica y social en prácticamente todo país. Se trata de un fenómeno potencializado por numerosos y más baratos medios de transportación, alentado involuntariamente por las producciones culturales audiovisuales de entretenimiento para consumo masivo: el cine y la televisión, que alientan aspiraciones, ambiciones o imitaciones. La novedad es que no están emigrando más quienes son más pobres y menos educados; hoy quienes tienen mejores condiciones de vida y más educación son los más propensos a abandonar sus localidades originales en busca de más y mejores oportunidades. Las comunidades que crecen mucho y reciben más información se vuelven plurales, complejas y demandan más y más diferentes recursos: desde democracia hasta el deseo de que los hijos sean universitarios, o trabajar en áreas distintas a las tradicionales o a los oficios familiares hereditarios, donde salir se convierte en señal promisoria de éxito y permanecer equivale a estancamiento o atraso: una condición dada.

Tanto o más importante que la migración al extranjero es la que se da al interior de los países, puesto que plantea un desafío mayúsculo a los gobiernos. No basta con reducir la tasa de natalidad y estabilizar la población para favorecer la gobernabilidad de un país, sino que las políticas públicas enfrentan una creciente demanda de servicios en zonas urbanas en muy corto tiempo, así como de un aumento en las previsiones de seguridad social. Otra novedad: las ciudades grandes están perdiendo su atractivo para las personas pobres que emigran del campo debido a los altos costos que implica vivir en ellas. Nueva Delhi, por ejemplo, ha disminuido notablemente su población pobre, pues ahora las ciudades medianas son las que brindan más y mejores oportunidades.

EL EJEMPLO DE FINLANDIA

México es uno de los países que enfrentan problemas demográficos por su cuantioso crecimiento. ¿Cómo se puede gobernar un país que casi duplica el tamaño de su población en sólo 20 años? ¿Cómo se puede proveer de infraestructura para educación y salud con la cantidad adecuada de profesionales para ello en tan poco tiempo? ¿Cómo se le puede garantizar seguridad pública? En la segunda mitad del siglo pasado la población de México se cuadruplicó al crecer de 26 a 96 millones, en números redondos. Hoy es un país de más de 112 millones de habitantes, altamente urbanizado —pero con 185 mil comunidades con menos de dos mil 500 habitantes—, de ingreso medio y profunda desigualdad.

En consecuencia, uno de los principales problemas que padece México es el de la urbanización caótica. El rápido crecimiento desordenado e irregular de las ciudades, sea de manera informal o por medio de inmobiliarias con todas las de la ley —o sobre ella—, dan lugar a colonias que aparecen de repente y luego demandan servicios públicos, lo que implica enormes gastos y esfuerzos de los gobiernos locales.

Cualquier problema de México, o todos ellos, pasan necesariamente por sus condiciones demográficas. Por eso es clave preguntarnos constantemente si vamos bien o no en cuanto a las políticas públicas y la salud reproductiva; los datos indican que, de las mujeres en edad fértil, 76 por ciento usa métodos anticonceptivos. Entre las chicas de 15 a 19 años, una de cada cuatro no los usa, y la proporción no es mucho mayor entre las que están en un rango de edad de 20 a 24 años. Aun así, la fecundidad ha disminuido sustancialmente en los últimos decenios, aunque si hacemos una comparación con Finlandia queda mucho por hacer. Lo que ayudó poderosamente al desarrollo de ese país escandinavo fue una decisión política: educación sexual obligatoria en los programas de las escuelas y servicios de salud sexual en el sistema público, así como la obligación de los gobiernos municipales de informar y asesorar sobre métodos anticonceptivos. En los colegios se imparten desde séptimo hasta noveno grado 114 horas en el curso de salud, de las cuales 20 son específicamente sobre sexualidad. El resultado es que disminuyó la cantidad de jovencitos que tienen relaciones sexuales a edad temprana, aumentó el número de usuarios de anticonceptivos y se redujo notablemente el número de embarazos no deseados. Habiendo sido aprobada la interrupción del embarazo como un derecho en 1970, apenas 20 años después había ya poquísimos abortos. Mientras tanto, en México, nuestros legisladores siguen discutiendo el punto desde todos los ángulos, menos el de salud pública.

*Información tomada de los documentos “Estado de la población mundial 2011”, del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés), y “La situación demográfica en México 2010”, del Consejo Nacional de Población (Conapo) de México.

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