Retratos, instituciones y convencionalismos

Identidad oficial

Convencionalmente, no hay otra forma más sencilla y válida de comprobar que uno es quien dice ser, que con una tarjeta expedida por una oficina gubernamental, la cual asegura la correspondencia entre el nombre y el retrato fotográfico, no obstante lo pésimo y poco parecido que a veces puede resultar.

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Matrimonio legítimo

El acto fundacional de un hogar y una familia nuclear, decente, como dios manda, queda permanentemente manifiesto en la fotografía de la boda religiosa, que, exhibida en un sitio de la casa donde sea fácilmente visible, reitera permanentemente a sus miembros y demuestra a todo visitante el cumplimiento de las reglas convencionales para su legitimación. La diferencia ante la sociedad, entre esposa y concubina, así como entre hijos legítimos y bastardos, como hasta hace no muchos años diferenciaba la ley, está marcada, entre otras cosas, por una fotografía.

 

Respetabilidad laboral

El retrato de la familia en el escritorio de la oficina o en los muros del despacho comunica que su exhibidor es un sujeto equilibrado en el cumplimiento de sus metas, pleno, realizado, triunfador o en camino de serlo. Por lo tanto, alguien responsable y competente en su trabajo, en tanto proveedor de un hogar. La foto nos muestra cónyuges que se comunican, que conviven con niños sonrientes y juguetones; armonía plena, familia de la que no cabría pensarla en episodios de violencia, disfunción o quebrantamiento (nadie exhibiría fotografías de esos momentos, que tal vez sean más frecuentes). Representa genuinamente la presencia de los seres queridos, así como la idealización de que esos instantes fuesen perennes. Pero hay otra posible y simultánea lectura: la santificación del espacio de trabajo para salvaguardarlo de cualquier sospecha de adulterio o acoso.

 

Afectividad portátil

¿De qué viene la costumbre de algunos choferes de colgar el zapatito de su hijo cerca de su asiento? tiene que ver con la satisfacción de haberle comprado su primer par con el esfuerzo de su trabajo y poder seguir haciéndolo. Tal vez también tiene relación con recrear el gusto por el recuerdo de sus primeros pasos. Posiblemente de compensar un poco que se extraña a la familia en largas jornadas de ausencia del hogar. De esto a los retratos de familiares, parejas y mascotas en las carteras y, recientemente, en los teléfonos móviles, que con frecuencia se muestran a amigos o conocidos, no hay mucha distancia.

 

El fetiche en vez de la memoria

Un viaje, la asistencia a un concierto, la visita a un lugar especial, conocer o encontrarse a equis “personalidad” (persona), son vivencias que parecen carecer de sentido sin su fotografía o videograbación. como si sólo hubiese existido lo que puede ser exhibido —cada vez más en internet—, como si no tuviese valor la experiencia de lo que no sea visualmente comunicable, el momento climático es el de la obtención del retrato, lo demás es complementario o en función a ello. En una boda puede faltar el pastel, los padrinos e incluso la voluntad de los contrayentes. Todo, menos las fotografías o el video. Asimismo, el gusto masivo por un cantante o una banda ya no se miden por los aplausos o autógrafos solicitados, sino por la cantidad de cámaras en pos de su imagen.

 

Expresión de clase

Los retratos de recreo son signos del estatus social. Los pobres, dependiendo su lugar de residencia, exponen las fotografías de su visita a una playa nacional, al pueblo de origen o a la capital; los clasemedieros, las que hacen constar su viaje a parís, con ellos delante de la torre Eiffel, o con Mickey en Disneylandia, y los ricos se muestran en los lugares más exóticos, en algún santuario en Tailandia o india, o navegando en un río de Alaska, por esbozar algunos estereotipos.

 

Iconografía del poder

Impostada, grandilocuente y pomposa, así tiene que ser la fotografía del retrato del líder, sea su dominación carismática, tradicional o legal. Como los burgueses, lo primero que hicieron los revolucionarios en el poder fue ordenar que les hicieran retratos a ellos y a sus próceres, reproducirlos industrialmente e imponerlos por todos lados, como si su potestad fuera proporcional a la cantidad de retratos exhibidos públicamente. Luego, se institucionalizó la fotografía oficial del gobernante como parte de la normalidad de la política, y la censura franca o velada de las fotografías que en la prensa no favorecieran su imagen. La pertenencia a un grupo político implica siempre la exhibición del retrato del líder como objeto mágico. El primer signo del declive de éste, es el reemplazo de su iconografía por la del sucesor.

 

Propaganda como propagación de rostros

La democracia no erradica en la política el culto a la personalidad, lo regula en competencia. en tiempos de campaña electoral, las ciudades y carreteras se tapizan de rostros de candidatos con sonrisas impostadas, como si de ello dependieran las votaciones por uno u otro, como si las campañas se tratasen de una competencia de exhibición de imágenes y no de contrastar la exposición de ideas.

 

El daño simbólico

El maltrato a la fotografía se considera un agravio a la persona retratada, así como es sacrílego el daño a la imagen religiosa. De esto a la creencia vudú de que se puede hacer daño a una persona por medio de la punción a un fetiche, no hay tanta distancia. Su expresión más clara se da en la manifestación política callejera, en numerosas ciudades de distintas culturas, en la que tiene como catarsis la quema de la imagen del adversario.

 

La devoción manifiesta

Los devotos o fanáticos (“fans”) de tal o cual celebridad o estrella de la cultura pop quieren representar su grado de admiración por medio de la cantidad de carteles con el retrato de su ídolo. Es también una manera de inscribirse en una comunidad imaginaria o real, en forma de club, y de fantasear con el famoso una relación interpersonal o interpósita.

 

El auge del pornopop

El éxito editorial de la década no son los libros de Harry Potter, ni los escritos por Dan Brown, sino las revistas para caballero de periodicidad mensual que evitan la publicación de aureola o vulva de las modelos, bajo el discurso de lo artístico y lo “cuidado”, el cual ampara su ingreso a estanterías en las que no tienen cabida sus competidoras milimétricamente más explícitas. A fin de cuentas es un asunto de más o menos dinero que una amplia cantidad de interesados puedan ver a una celebridad en diminutos calzones o sin ellos. El fenómeno se extiende a los semanarios especializados en la fuente de espectáculos.

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