Narcomentarios a la narcocultura narcomexicana

I

Narcocultura, en primera instancia, no es más que otra forma de nombrar a la cultura de los nuevos ricos, a sus gustos, a la manera en que gastan y ostentan su dinero. No es muy distinta, por lo tanto, de la cultura de algunos o muchos líderes sindicales, de agrupaciones musicales con estrellato, de futbolistas y boxeadores multimillonarios, de políticos caciquiles y de jefes policiacos, que reluce por lo dorado, lo brilloso, lo satinado, el dispendio, las escoltas, los séquitos, la bravuconería, el regionalismo y otros tantos elementos que constituyen una representación de poder despótico.

¿Qué de particular o distinto tiene la cultura de los narcotraficantes importantes respecto a la de otros nuevos ricos? Pues algunos símbolos que se relacionan con su actividad profesional y los recursos materiales y simbólicos que controlan para basar su poder, como los que refieren a armas prohibidas y mercancía prohibida. El mensaje es el del imperio de la impunidad, el de estar por encima de la ley y la justicia, la capacidad de imponer la propia ley y justicia.

Particular a esta cultura puede ser, también, el relato de su acontecer en forma de corrido, que por influencia de versiones periodísticas ha venido llamándose “narcocorrido”. Si el corrido es relato musicalizado del acontecer, entonces es un género periodístico como la crónica, en algunos casos como el reportaje y, en pocos, como artículo de fondo; de modo que el narcocorrido es crónica del acontecer del narcotráfico. Pero hay que reconocer que el corrido es más que sólo narración, también reproduce y difunde los códigos, los valores y la jerga. En algunos casos, da lecciones, instruye, envía mensajes.

II

La cultura de los nuevo ricos es la de asemejarse a lo que han imaginado o fantaseado que es la cultura de los ricos, que es como querer vivir permanentemente en boda o quince años, días particulares en que los pobres se esfuerzan por vivir como si fueran ricos: el circo de la mesa del presídium donde los invitados confirman su respeto, los ruidosos conjuntos musicales, la dizque elegancia, el protocolo, la servidumbre a la que se le ordena servir los alimentos y bebidas… La miseria del pueblo mexicano es del tamaño de sus fiestas, decía Octavio Paz. Tal vez porque en un país sin movilidad social ascendente la condición de pobreza es percibida como definitiva o vitalicia por quienes la tienen, de modo que se esfuerzan no tanto por superarla como por suspenderla unos cuantos días.

La narcocultura, por lo tanto, anuncia la posibilidad de romper con la fatalidad de la pobreza. Se vuelve aspiracional, como la de cualquier nuevo rico, porque ostenta los símbolos del éxito, todos ellos superiores en efectividad a los que puede proveer el Estado de derecho, que no alcanzan para algo más que la mediocridad: título universitario, empleo malpagado, afiliación al Seguro Social y al Infonavit, credencial de elector, tarjeta del Inapam, comprar en Elektra…

III

La imagen de Cristo es la de alguien a quien le fue muy mal, al que humillaron y golpearon hasta matarlo. Es una imagen para quienes pueden identificarse con eso, para miserables resignados a serlo y que aspiran a una mejor vida después de morir. En cambio, a Malverde se le representa como alguien exitoso. Curiosamente, el santo por aclamación popular no tuvo un final mucho mejor al del precursor del cristianismo, quien murió ahorcado, pero en sus imágenes no se le ve con una soga al cuello pendiente de un árbol, sino que se le venera en plenitud de su potestad, rico, elegante, con traje y sombrero fino. Se le pide como se hace a un padrino. Lo importante en su devoción no es portarse bien o ser bueno, sino la fe-lealtad que se le tenga.

IV

Narcocultura es, en segunda instancia, no sólo la cultura particular de los narcotraficantes sino también la de quienes admiran o aspiran al estilo de vida de ellos, que aunque no pueden pagar tratan de imitar, que participan de ella al menos de forma pasiva. Es, como toda cultura, una construcción social. No es el traficante el que crea su cultura, es la sociedad a la que pertenece la cual ha construido la cultura que él reproduce.

Narcocultura es, en tercera instancia, o puede ser también, la cultura del consumidor de narcóticos que celebra su consumo como diversión. Los Inquietos del Norte o Los Amos de Nuevo León, por ejemplo, han marcado una diferencia en la música norteña, con un ritmo más acelerado y propicio para el brinco más que para el baile —hyphy, y que va muy bien con sus canciones, algunas de las cuales dan cuenta de México como país de consumo y no sólo de tráfico. Ésta es también una novedad en la narrativa musical que se diferencia de la lírica típica del corrido: no es el elogio al traficante ni la descripción de sus vicisitudes sino las experiencias del consumidor ordinario en “pistear” y “loquear”, distintas también al habitual tono machista pues presenta a las mujeres como compañeras de parranda, como camaradas que comparten y se divierten al parejo de los hombres, que elogian su iniciativa y arranque para la fiesta. De ahí, posiblemente, que estos intérpretes tengan tantas o más seguidoras mujeres que hombres.

En eso se abrió la puerta / eran un montón de viejas / Decían hay que rico huele / cabrones saquen la hierva. / El primo las conocía / y así seguimos la pinchi loquera. / Las viejas eran cabronas / en un anillo traían perico /y una de ellas saco una pipa. / Órale pinches borrachos no se hagan weyes / saquen la piedra que ya me chinga esta pinchi malilla. / Hay que desmadre en el baño, / corridos estaba bailando, / en una mano Buchanan’s / en otra churro fumando / y mi vieja con sus llaves un pinche pase se estaba echando.

V

Visto desde una teoría social de la comunicación, cuando el “presidente del empleo” se convirtió en presidente de la “guerra contra el narco” y el mayor logro de su administración ha sido matar al enemigo del Chapo Guzmán y fotografiar su cadáver ultrajado, narcocultura puede ser, también, la cultura hegemónica en México, a partir de que el tema del narcotráfico es el predominante en la comunicación social del gobierno, en los diarios y noticieros, y, por lo tanto, en la opinión pública. Cuando se ve, escucha y habla cotidianamente sobre narcoejecuciones, decapitaciones, carteles, “daños colaterales”, “guerra contra el narco”, “enfrentamientos”, “pérdida de vidas”, narcomenudeo, narcotienda, etcétera, la narcocultura es simplemente la cultura. Es como decir aire contaminado en la Ciudad de México, donde simplemente se dice aire. Dicho en términos marxistas: la superestructura de la narcocultura es el reflejo de la estructura económica vinculada al narcotráfico.

Publicado en Replicante, mayo de 2010.

Foto: Héctor Villarreal Lugar: Culhuacán, México  D.F.

Foto: Héctor Villarreal
Lugar: Culhuacán, México D.F.

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