“Cholombianos”, la exotización de los pobres

“Naco es chido”, decía Botellita de Jeréz, banda ochentera de algo que gustaba definir como “guacarrock”, su propia versión del rock urbano, orgullosa de ser naca y esforzada en serlo. Algo parecido pasa con cierto multiculturalismo llevado al campo del arte y sus habitáculos, un clasismo en buena onda que halla maravilloso lo que hace gente ordinaria, especialmente la más desfavorecida en un mundo tan desigual, y se encanta por las maneras en que resuelve su vida, se entretiene, se relaciona y define sus identidades; que hace exotización de los pobres, pues.

Cholombianos es el título de un libro publicado en 2013 por Trilce y también el de una exposición “multidisciplinaria” de arte-moda-cultura popular que se presentó primero en la Galería RichiMix de Londres el año pasado, así como en Guadalajara, y durante el presente en el Museo de la Ciudad de México, entre mayo y agosto. Autora y curadora de Cholombianos son la misma: la diseñadora de moda Amanda Watkins, inglesa fascinada por la vestimenta y prácticas culturales de algunos jóvenes de barrios pobres de Monterrey —como el gusto por bailar cumbia colombiana—, quien decidió nombrarlos así (cholos + colombianos = cholombianos) y concebirlos como “tribu urbana”.

¿En qué consiste lo “multidisciplinario” de la exposición? En presentar lo que Witkins coleccionó a lo largo de cuatro años: un muro con portadas de discos de cumbia colombiana, un equipo de sonidero, camisas y bermudas típicas, gorras y escapularios confeccionados por los propios exóticos, fotografías de la tribu en forma de collage y el video de un noticiero de balaceras en Monterrey que aparece como el epílogo de esta subcultura fenecida al calor de la guerra entre carteles y contra el narco. En realidad el gusto por la cumbia y los bailes no acabaron, como tampoco los cholos, sino que se quitaron el disfraz. La “tribu” nunca fue tal, sino que fue un estilo que pasó, como los emos.

Este tipo exposiciones nos permite plantearnos qué tipo de cosas, temas, asuntos, conceptos o ideas son los que tienen cabida actualmente en los museos y a partir de qué supuestos, qué tratamiento se les da y con qué discurso se acompaña o justifica. Al parecer, se trata de lo que determinados individuos influyentes dentro del mercado del arte, la alta cultura y las burocracias gustan y juzgan como culturalmente relevante.

Si bien los museos siempre han sido muestrarios de colecciones, lo que cambia es que ya no necesariamente se trata de que tengan valor histórico, sean creaciones artísticas, cumplan una función educativa o de divulgación de la ciencia. Ahora basta con que sean solo eso: colecciones. ¿De qué? De lo que sea. El trabajo curatorial, museográfico y de difusión se encarga de justificar su valor cultural, si no es que lo dota de éste.

En 2010 Eugenia León realizó un magnífico trabajo documental para su serie Tocando Tierra, transmitido por Canal 22 en 2010, que se titula “Este vato sí es Colombia”, sobre los colombias, los sonideros y grupos locales que configuraron una escena singular para el baile de cumbia que ha sido muy popular. Lo hizo de un modo respetuoso y profesional, a profundidad y desde su genealogía, que prácticamente no deja nada por añadir. Tras éste vinieron pronto otros documentales que no desmerecen. El trabajo de Watkins, desde el libro, llegó tarde y sin aportar.

Pero la exotización de los pobres tiene su propia lógica y dinámica: es hacer del turismo cultural parte de un proyecto: descubrir el peltre, lavarse las manos con jabón Roma o comer tacos de pastor con vino tinto son experiencias que deben trascender el Instagram para llevarlas al mundo de la alta cultura con un discurso propio: el del hallazgo en la miseria de una fuente de riqueza creativa, el ingenio de los marginados para divertirse y crear su propio estilo, la conmovedora candidez de su ignorancia o la frescura que hay en su rebeldía, como si la cumbia no fuese tremendamente conservadora y machista en todo su discurso y práctica; o los estampados de la Virgen de Guadalupe y San Judas Tadeo no mantuviera a sus portadores adscritos a la fe de la institución católica y todos sus conceptos sobre familia, política y sociedad.

Pero lo exótico es cool y la mirada de Watkins ayuda a las élites culturales locales a reconocer que también eso anda por aquí, como los voladores de Papantla o los Mazahuacholoskatopunk (Federico Gama, Instituto Mexicano de la Juventud: 2009). Ya no es el tzotzil que borda un textil en la cañada de Chiapas o el huichol en la Sierra Madre Occidental, sino que puede ser un vecino de la colonia en proceso de gentrificación el sujeto de la creatividad reivindicable. Todo cabe en un museo componiéndole un discurso y haciéndole curaduría.

El ciclo de los “cholombianos” como motivo museográfico parece que llegará a su fin este año cuando la exposición haga su última parada precisamente en Monterrey, pero a la exotización de los pobres parece que tiene por delante amplias rutas por recorrer. ¿De qué más podrían hacerse exposiciones? Más allá de los godínez, sin duda (en caso de que no se hayan hecho varias ya), están por descubrirse, entre otras, la tribu urbana de los monosos, jóvenes urbanos en situación de calle que consumen solventes, lavan parabrisas y se visten ingeniosamente con cachirules, se adornan con escapularios de San Judas Tadeo y gustan del reggaetón, para una exposición de los chundomonorreguetadeos: colecciones de latas de solvente, estopas en forma de mona, envases de agua con jabón; o la de los americonezocaguamotos, jóvenes suburbanos que son de la barra monumental del América, viven en Neza y les gustan las caguamas y la mota. No faltarán encantos por hallarles: su creatividad para componer porras y canciones, sus cortes de cabello auténticos, trapos intervenidos por ellos mismos, etcétera. Exótico es cool. ¿Los veremos en Trilce, el MoMA, Maco o el MUAC?

Cholombianos_int1

Foto: Gatopardo

Anuncios