¿Qué es el cine para adultos? Comentario a Cuando tejen las arañas

El concepto de cine para adultos se ha empobrecido considerablemente. Ahora equivale a pornografía, a desnudos o actos sexuales y a palabras altisonantes. Me refiero a que hace algunas décadas el concepto en México podía aludir al cuestionamiento de los valores instituidos como correctos, especialmente los así validados por la cultura católica.

Tal vez el último caso, no tan remoto, en que una película causó una reacción de animadversión con tintes de llamado a la censura, fue por El crimen del Padre Amaro (2002), que causó una reacción de animadversión con vocación censora. Una película de regular a mala, pero que tuvo el pequeño mérito de tocar un tabú en la cultura católica, el del voto de castidad de sus ministros de culto.

Pero el punto es que hasta hace tres o cuatro décadas se clasificaba a las películas como estrictamente para adultos por su guion más que por las imágenes, si consideraban la posibilidad del aborto, las relaciones prematrimoniales, el adulterio o el rol paritario de la mujer en la sociedad sin que se condenara y el desenlace fuera un castigo para quienes hubiesen incurrido en estas conductas. Apenas hasta avanzados los años setenta el tema de las madres solteras e hijos estigmatizados como bastardos o naturales, había venido moderándose en cuanto a su satanización.

Cuando tejen las arañas es un magnífico ejemplo de cine para adultos por su planteamiento moral, puesto que expone un estilo de vida legítimo que contradice al conservadurismo de raigambre eclesiástica y su doctrina. Su tema es el amor libre. Así se le llamó a la posibilidad de que hombres y mujeres pudieran autorrealizarse o buscar su felicidad sin supeditarse a convencionalismos de estado civil, heteronormatividad —como ahora se dice—, tipo de familia y expectativas de rol. Todavía hoy, esta película está clasificada como para adultos en el portal web de Dailymotion, y que para poder ser vista requiere la manifestación de mayoría de edad.

Es 1977 y Laura (Alma Muriel) regresa a su casa después de haber estudiado tres años en Ginebra, pero se encuentra con que nada es como era o como tendría que ser: su padre, ya fallecido, era un homosexual de closet que engañaba a su madre, y no el hombre perfecto que ella había idealizado; su madre mantiene una relación con un hombre de una clase social inferior, en vez de guardar una casta viudez; su mejor o única amiga es una libertina con rasgos bisexuales, y el novio que ella tuvo y la espera no ha dejado de ser un aburrido que le causa indiferencia.

El director, Roberto Gavaldón, nos muestra una nueva burguesía: vive en nuevos fraccionamientos residenciales, como el Pedregal; se caracteriza por su vanguardismo en la arquitectura, el diseño, el arte, la moda y, sobre todo, un estilo de vida secularizado y bastante desinhibido. No vemos el menor rasgo de esas viejitas persignadas, rezanderas, vestidas de negro y mantilla que nos mostraba la época de oro del cine. Acaso la musicalización, de Gustavo César Carrión, es un tanto ambigua, con un teclado que acompaña las imágenes pero no el discurso de ruptura y vanguardia.

El libreto y el argumento son con toda seguridad de lo más destacable. El crédito lo comparten Fernando Galiana, Vicente Leñero y Francisco del Villar. El concepto de la historia parece sintetizarse en esta frase: “la felicidad es tan solo la máscara con la que se disfraza el dolor”. Según esto, la felicidad es sólo el nombre que le damos a aquello que hacemos para calmar el dolor y consiste en la experiencia del placer. Estamos ante una apología del hedonismo, en franca oposición al catolicismo que entonces era hegemónico.

Laura es conservadora. Aunque vivió en Europa se ha mantenido virgen por convicción y fidelidad al recuerdo de su padre, por quien siente algo parecido a un enamoramiento. Pero decepcionada de éste —pues se entera de que engañaba a su madre con jovencitos—, y en un entorno permisivo, se deja llevar por los consejos de Claudia (Angélica Chain), quien la encamina hacia la experiencia del amor libre.

Entonces se presenta un punto de ruptura. Durante un coctel de inauguración de una exposición fotográfica, le pregunta a una modelo tipo Rarotonga, una chica de su edad a la que le habla de usted: “¿por qué posa así, desnuda y con esas fieras?” La respuesta le hace cuestionarse lo que ha sido y puede ser su vida: “¿por qué no?”. En eso puede sintetizarse el tema de la búsqueda de la felicidad: ¿Por qué no hacer lo que uno quiera? ¿Por qué no hacer algo diferente, alocado, lo no convencional?

Entonces Laura vive todo lo que para ella había sido prohibido por su moral: comienza por trabajar como modelo para Alex (Jaime Moreno), el fotógrafo, con quien inicia una relación sin compromiso, y poco después pasa por el exhibicionismo, la bebida inmoderada de alcohol, el adulterio, el aborto, el consumo de drogas ilícitas y la orgía sin distinción de género. Para llegar ahí, rechazó la oportunidad de tener todo lo que se supone que debía ser su vida ideal: un esposo fiel, rico, profesionista triunfador, bien parecido y que la ama. Pero ella optó por el mal. O por el bien, según se vea.

Pero detrás de la confrontación hija-madre de Laura y su idealización edípica en crisis, Claudia, de personalidad sutilmente siniestra, teje su telaraña. Su amistad con Laura no ha tenido otra finalidad que gozar el cuerpo ella. La aceptación del amor libre se vuelve el espacio de encuentro no sólo entre ambas, sino también de una tercera, un cuarto o alguien más.

Sin más escenas explícitas que las de unos cuantos segundos de desnudos (aunque queda la duda de si una u otra versión disponible no ha sido editada), se trata de una película en la que el tema del sexo está siempre presente. En ello, la actuación de Angélica Chain como Claudia es determinante. No queda claro si es la buena dirección de Gavaldón, la propia lascivia de ella o una combinación de ambas, pero se come con la mirada a Laura. Todo su lenguaje no verbal es una permanente invitación sexual, para la que no necesita escotes o faldas cortas. Al contrario, su apariencia es sutilmente masculina en su atuendo. Chain estuvo como para haber hecho cine de gran manufactura, para haber sido una diva reconocida internacionalmente; pero muy poco después, como bien se sabe, pasó a formar parte de productos cuya baja calidad demeritaron el juicio sobre sus talentos.

El elenco y su trabajo le dan calidad a la película, con Raquel Olmedo (Julia, la madre); Carlos Piñar (Sergio, el novio y esposo conservador), el torero Alfredo Leal (Daniel, el padrastro), Adriana Page (Lorena, modelo y pareja eventual de Claudia) y una aparición fugaz de Gustavo Rojo (el padre). Ni siquiera la actuación de Jaime Moreno desmerece.

Ya sabíamos de la magnífica pluma de Vicente Leñero y su oficio bien logrado en el cine, pero quizá hemos pasado por alto los méritos de Gavaldón como un buen o muy buen director.

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