Santo contra las mujeres vampiro. Una lucha entre tradición y modernidad

Varios de los más importantes éxitos televisivos en años recientes han sido series cuya trama es sobre vampiros, zombis o licántropos. Si bien en sus argumentos el tema religioso se ha desdibujado o es inexistente en comparación con los libretos del siglo pasado, me llama la atención que perduren como narraciones de suspenso y melodrama con tramas muy sencillas.

Con muchísimos más recursos, pero en fondo y forma son productos de las industrias del entretenimiento que renuevan de tiempo en tiempo la explotación de una fórmula añeja: la del temor a amenazas que puedan acabar a la especie humana o avasallarla, tema que en nuestro país tuvo su auge en lo que se ha denominado como cine de luchadores. Si bien la primera película de este subgénero, estilo o lenguaje cinematográfico es El enmascarado de plata, de 1952, protagonizada por El Médico Asesino, tal vez la película más icónica es Santo contra las mujeres vampiro, producida en 1961 y exhibida un año después.

La historia no es mucho más simple o complicada que la de las nuevas series, aunque su guión es sumamente acartonado y con un lenguaje exageradamente formal. Se trata de lo siguiente: la reina de las mujeres vampiro, Zurina, ha despertado de un muy largo letargo junto con su corte y necesita una sucesora. Para ella no puede ser ninguna otra que la descendiente de una mujer que doscientos años antes se salvó del proceso de vampirización. Por lo cual, requieren raptarla y llevarla a su cripta en un castillo próximo a la Ciudad de México. Esa joven, Diana, próxima a cumplir veintiún años y contraer matrimonio, cae en poder de ellas, pero su padre, el profesor Orlof, logra descifrar de un manuscrito antiguo (al parecer un pergamino con jeroglíficos ¡egipcios!) la ubicación donde se encuentran. Vía teleconferencia en audio y video, se lo hace saber a El Santo y éste acude al rescate. Aunque el final es del todo predecible, lo sorprendente es que el enmascarado, habiendo sido sometido, logra vencer por descuido de sus adversarias más que por sus propias cualidades.

La cinta es en blanco y negro, lo que para 1961 podría explicarse muy posiblemente como una manera de ahorrar costos, pero no le va mal a una historia de vampiras que sucede en la oscuridad de un castillo y en la que todo fuera de ahí pasa durante la noche. Se trata no sólo de una película de bajo presupuesto, sino también descuidada o despreocupada en la producción. La crítica común enfatiza que la dirección no hizo mucho por tratar de disimular los hilos que notoriamente le daban movimiento a los murciélagos de utilería. Detalles como ése han de haber sido poca cosa como para no haber causado miedo al público en sala, si consideramos que en 1960 más del 43 por ciento de la población en México era analfabeta y el promedio de escolaridad era de 2.2, es decir, apenas de segundo grado de primaria. A favor, se suele destacar la notoria participación de Lorena Velázquez, hecha una diva, en el papel de Zorina. Tal vez sea por la película que más se le recuerda a ella.

Lo interesante, para mí, no tiene que ver con la producción ni con lo actoral, sino en que es una narración que concilia o negocia los valores de una sociedad apegada al catolicismo con el arribo de México a la modernidad, al menos el de sus élites. Según su argumento, la energía nuclear aparece como un signo de los tiempos, propios del apocalipsis, una época en que los hombres, en su afán por destruirse unos a otros, se valen de la manipulación de las fuerzas de la naturaleza. Paradójicamente, la amenaza a la humanidad no proviene del desarrollo económico capitalista ni del progreso científico, sino de una otredad diabólica, una especie enemiga, contra la cual las nuevas tecnologías no bastan para vencerla, sino que se requiere la fe y la ayuda de dios, así como la mediación de un hombre extraordinario de atributos crísticos: El Santo.

En ese México moderno la pobreza no aparece. El pueblo se asoma apenas como público asistente a la arena de lucha, vestido de traje y corbata, o como empleados uniformados en lujosas residencias. Santo es un personaje que convive con la élite, que forma parte de ella, y que cuenta con la vanguardia tecnológica, como medios de telecomunicación en voz y video, así como un automóvil deportivo. El doblaje de su voz, hace de él un sujeto refinado. El luchador, de manera particular el enmascarado de plata representa, para esa época, un nuevo paradigma o prototipo de masculinidad. Ya no es más el charro ni el buen cristiano de barriada urbana, sino el cosmopolita, un sujeto con calidad de roce internacional.

La masculinidad de El Santo ya no se demuestra en tener que cumplir con las expectativas de rol del macho mexicano: borracho, parrandero y jugador, el mismo que es conquistador con serenatas, bravuconadas o besos robados; sino que se constituye como deportista, es alguien dedicado al cultivo y desarrollo de su cuerpo. Comparte con el macho su habilidad y fortaleza para pelear, de hecho ésa es su profesión. Inclusive se permite mostrar su torso desnudo la mayor parte del tiempo que pasa a cuadro, así como pantalón entallado y capa. Un outfit de dudosa virilidad en otros contextos, pero que, legitimado como atuendo propio de un luchador, no debe caber la menor duda de la orientación heterosexual de su portador, al que su hombría le manda la defensa de los débiles por medio de sus artes luchísticas, particularmente de las mujeres, así como la lucha por la libertad y la justicia; pero, en tanto héroe y santo, está obligado a mantener distancia erótica y afectiva respecto a las mujeres, cualidades a las que me refiero como de un personaje crístico o sacerdotal.

En cuanto a las mujeres, éstas presentan dos roles que contrastan bastante: el tradicional, personificado por Diana, la chica débil y dócil, a la que hay que ocultarle secretos sobre su propio cuerpo (el significado de un lunar), hija de familia, que requiere ser protegida por su padre y debe ser salvada por el héroe. Su prometido le asegura: “dentro de poco serás mi esposa y yo seré quien dé las órdenes” (en referencia a que mientras permanece soltera ella recibe órdenes del profesor, su papá). Pero también está el rol novedoso: el de la vampiresa, en un sentido literal y figurado. Es, a la vez, inteligente y seductora. Las mujeres vampiro cuentan con poderes mentales y constituyen una casta de seres superiores a los vampiros varones, los cuales tienen sometida su voluntad a la de ellas y no cuentan con mayores atributos que su fuerza bruta. A fin de cuentas, el rol que prevalece es el de la muchacha tradicional, que representa al bien; en tanto que debe sucumbir el de la vampiresa, con todo su poder y su escotes, representante del mal.

Me parece que es el tipo de película a la que no cabe calificarla como buena o mala, sino que le corresponden categorías como las de interesante y curiosa.

maxresdefault

Anuncios