La mancha de sangre


1478-BEs una historia sencilla y hermosa. Un amor de cabaret, puro y sincero. Desinteresado y noble como el que más. Ella es dama de salón y él un joven provinciano recién llegado a la capital en busca de ganarse la vida.

Camelia no es una belleza espectacular como las que nos muestran las películas de rumberas. Ella, como sus colegas meseras y acompañantes para bailar, son mujeres ordinarias, algunas pasadas peso, otras chaparritas, algunas un poco feas, pero todas con una gran actitud como para hacer sentir bien a la clientela.

Guillermo llega al antro, no en busca de baile, compañía femenina o unos tragos de alcohol, sino con la única intención de calmar su hambre. La cocina es un expendio de tortas y café. Y Camelia se ofrece a saldar la cuenta cuando se hace un pequeño escándalo porque él no tiene para pagar.

Sí. Es un cabaret, venden tortas, asisten muertos de hambre, las mujeres fichan pero también invitan y es una película mexicana como ninguna otra. Adolfo Best Maurgard, el director, nos muestra una Ciudad de México libre de puritanismos y mojigaterías, donde el cabaret no guarda relación con lo pecaminoso ni lo arrabalero con la perdición y el castigo.

Es 1937, tres años después de La Mujer del Puerto, de Arcady Boytler, y Best Maugard nos cuenta lo que es el cabaret de una manera completamente distinta a como lo hará el cine de rumberas poco después, a partir de Siboney, de Juan Orol y con María Antonieta Pons, con aires de turismo internacional de gran clase.

El lugar está en una barriada, de una calle no identificada, escasamente iluminada y que no llega ni a banqueta. La fachada no tiene luces ni nada espectacular, apenas un letrero que dice: “La mancha de sangre”. Ahí asisten hampones, vivales y también obreros. Nada tiene que ver tampoco con las vecindades donde viven esos personajes de barriada llorones, desgraciados y cristianos ejemplares, como los que hicieron célebre a Ismael Rodríguez, ni con los malvados químicamente puros que en esas historias ponían a prueba las virtudes teologales de los pobres.

El cabaret no es más que una cantina con meseras que acompañan a los comensales a solicitud de ellos, no lugar de vedettes y espectáculo, lo cual no obsta para que el interior esté bellamente decorado con algunos murales, como uno dionisiaco en el que se embriaga una mujer desnuda. Y la música corre a cargo de un pianista, tríos de boleristas o una pequeña orquesta danzonera.

Las mujeres están físicamente lejos de la belleza, pero tienen toda la actitud para hacer sentir bien a la clientela. Son soberanas, dueñas de sí mismas y borrachas por convicción. Más que acompañantes, son amigas, confidentes… camaradas de los hombres.

Stella Inda, en el papel de Camelia, luce modesta en cuanto atractivo. Será en su papel como la madre de Pedro, en Los Olvidados (Buñuel, 1950), cuando luzca de mejor forma. Pero eso sí, derrocha personalidad. Tiene un aura de liderazgo entre sus colegas y llena con su presencia el ambiente del lugar.

En La Mancha de Sangre no hay víctimas. Las mujeres sufren por amor o desamor, pero no por explotación ni mucho menos por culpa. Lo que acuerden ellas con quien las administre, es un asunto del negocio. Nada más. Si le quieren dar el dinero que ganan a algún hombre, muy su asunto. Trabajan para pagar sus cuentas y comprarse vestidos elegantes. Se embriagan por gusto, más que por fichar. La que quiere, baila como perra frotando su pelvis sobre algún parroquiano que sea de su agrado.

Best nos deja ver varios detalles que hoy resultan curiosos, como pequeños encantos propios de la época: la vendedora de perfume, que por cinco centavos deja una gota sobre el pañuelo o por veinticinco rocía el rostro de los de la mesa con una bombilla. Un chambelán, se pedía. Aparecen algunos otros personajes que todavía resultan familiares: el de los toques y el bolero. ¿Qué es lo que se tomaba entonces? Lo común, ponche. Seguramente con aguardiente. También cerveza embotellada, tequila y, en plan de lujo, brandy, servido en copitas.

Camelia y Guillermo acuerdan una cita romántica: fuera del cabaret, en el jardín de Garibaldi. Sin buscarlo, un fotógrafo se presenta ante ellos para retratarlos. La ocasión lo amerita. De ahí queda un hermoso recuerdo, la fotografía que ella le dedica: “Del infierno del cabaret al cielo de tus brazos”.

La leyenda dice que el gobierno de Lázaro Cárdenas prohibió esta película, que se estrenó hasta 1943 y se exhibió unos cuantos días con bajo perfil, y que entre los privilegiados que antaño la vieron se encontraba el escritor Salvador Elizondo, para quien fue una experiencia cuasimística. El hecho es que se dio por perdida la cinta desde entonces hasta que la filmoteca de la UNAM la restauró en 1993.

¿Por qué Elizondo se expresó tan efusivamente de la película? Un desnudo completo, desfachatado e impúdico en pantalla, no habrá sido cualquier cosa en esa época. Muy anterior al muy artístico de Ana Luisa Peluffo —sólo topless—, en La Fuerza del Deseo, considerado convencionalmente como el primero del cine nacional hasta 1955.

La escena es ciertamente sorprendente. Ocurre en la habitación del administrador de Camelia, Gastón, quien se embriaga junto con un grupo de ladrones y cabareteras sobre su cama y en el piso. Piden a una de ellas, de aire extranjero, como el propio anfitrión, que proceda a bailar “la dancita aquella”, que realiza sobre una mesa y con un cedazo.

El final es incierto. La última escena es sólo audio, música; la imagen se perdió, lo que le da mayor encanto y de lo que puede suponerse un final feliz como lo más probable. No sabemos, tampoco, si hay alguna parte que se haya perdido en su totalidad. Es muy posible.

En cuanto a su narración, tal vez la película no está exenta de lo ficticio, acaso por la ausencia de clasismo, tan característico de nuestra sociedad pasada y presente, que apenas asoma en una línea: “Veo que le gusta la hembra, amiguito. Pues eso cuesta dinero”, pero la historia acabará por desechar esa condición.

Entrada en IMDb FULL CAST AND CREW 

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